Archive for August, 2009

Arde Los Ángeles

August 31, 2009

El monte en llamas, y se ve desde mi casa. A lo lejos, sin que sea peligroso, pero se ven las llamas (de hasta treinta metros, dicen), y una humareda digna del Vesubio en un día malo. La parte más cercana a la ciudad no es problema, pero más arriba el fuego está descontrolado. Parece que en unas pocas horas va a alcanzar el repetidor de televisión del Monte Wilson, y que el observatorio astronómico que tienen allí puede caer también. Y cuando un edificio histórico como ese está en peligro, es que la cosa está chunga.

O cuando sales de tu casa a coger la bici y ves que tiene unas motitas de ceniza encima.

O cuando la calidad del aire en Pasadena es “very unhealthy”, y esta mañana directamente olía a quemado.

Además de la prensa de toda la vida, la situación puede seguirse por internet las veinticuatro horas, consultar toda clase de páginas web de noticias, e incluso conectar con una cámara que saca fotos cada dos minutos, por ejemplo aquí o aquí.

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Homicidio

August 29, 2009

El informe oficial declara que la muerte de Michael Jackson fue un homicidio. Eso que se oye son los tabloides descorchando champán. Vamos a tener sensacionalismo amarillo para empacharnos, y eso que puede que ni se presenten cargos, más que nada porque, siendo sinceros, el hecho de que un adicto a mil cosas se muera por un error de cálculo tampoco es muy de extrañar.

Un homicidio ocurrido, no lo olvidemos, en una ciudad con un serio problema de bandas violentas. Hace no mucho vi el documental Crips and Bloods: Made in America, dirigido por Stacy Peralta y narrado por Forest Whitaker, que intenta explicar las causas del enfrentamiento entre los crips y los bloods, las dos principales bandas de Los Angeles, a su vez miembros de los conglomerados rivales People Nation y Folk Nation, algo así como la Nación de la Gente y la Nación del Pueblo. Los nombres sirven para poco más que darle a la cosa un aire novelesco, porque en ambos casos se trata de jóvenes (antiguamente negros, ahora de todos los colores) dedicados a matar a los del otro bando y hacer negocio con diversas actividades criminales, esencialmente la venta de drogas.

Recordemos que cuando en este país se habla de matarse, podemos estar sin ningún problema hablando de fusiles de asalto. Poca broma.

El documental es bastante ligerito y se queda en poco más que una introducción al problema (The Wire ofrece un análisis muchísimo más completo, siendo además una serie cojonuda), pero ofrece un puñado de datos estremecedores. Por ejemplo, que en los últimos veinte años ha habido quince mil (repetimos: 15.000, con tres ceros) muertes relacionadas con la violencia de bandas. La cosa se pone en dos al día. Todos los días. Durante veinte años. Todo ello en una zona de Los Angeles bastante reducida, arrinconada por barrios mucho más ricos, con los que no tienen contacto.

Ahí está la clave. Hemos logrado arrinconar la miseria y la violencia que conlleva a una serie de guetos, claramente delineados. Nosotros vivimos en nuestra zona, ellos en la suya, donde pueden seguir matándose mientras miramos a otra parte. Una sociedad paralela. Como la de Michael Jackson y demás famosos, con los que tampoco tiene nadie apenas contacto.

Sólo que a unos nos gusta mirarlos y de los otros intentamos olvidarnos.

Lo mismo pasa en otras ciudades, en otros países. Puede usarse, por ejemplo, Sevilla, el Vacie y Cristiano Ronaldo para tener la versión cañí. Sin fusiles de asalto, al menos.

Por si alguien tiene interés, el documental puede verse completo (o eso parece, no he comprobado) en una página rusa, por partes, la primera aquí. En inglés y sin subtítulos, pero quién dijo miedo. El tráiler, cortesía del señor Youtube:

La silla de Fernando

August 28, 2009

Recién vista La Silla de Fernando, documental/conversación/algo-hay-que-poner-en-el-cartel que consiste básicamente en Fernando Fernán Gómez hablando durante hora y media.

Una cosa sublime. Escandalosa, incluso. Da gusto oírle hablar, da gusto lo que dice, da gusto cómo lo dice. Tiene además la rara virtud de que no sientes en ningún momento que te esté vendiendo la moto, ni siquiera la bicicleta o el patinete. Habla de sus contradicciones, de aquello de lo que se arrepiente, da opiniones políticamente incorrectas, todo ello sin cortarse un pelo. Un lujo de lucidez y respeto a sí mismo.

También hay momentos de descojonarse sin más. Por ejemplo, esta batallita que nos ofrece el señor Youtube:

Ahora a ver si hay suerte y el disco de extras está, siquiera, la mitad de bien…

Herb and Dorothy

August 14, 2009

Herb y Dorothy Vogel tienen el mismo glamour que unas alpargatas de esparto. Están jubilados: él trabajaba en correos, y ella era bibliotecaria. Y aún así se les recibe como a miembros de la nobleza en todas las inauguraciones de galerías de arte en Nueva York.

Una posible explicación es el hecho de que su minúsculo apartamento en Manhattan contenía, además de gatos, tortugas y peces, unas 3000 obras de arte contemporáneo, de eso que se llama “valor incalculable”.

La pregunta pasa a ser, está claro, cómo consiguen un empleado de correos y una bibliotecaria adquirir semejante colección.

La respuesta abreviada: poquito a poco.

La versión larga puede verse en el documental Herb and Dorothy, y básicamente consiste en que los Vogel han vivido una vida austera, gastando todo el dinero sobrante en obras de arte, generalmente de artistas que estaban empezando su carrera, y que en muchos casos se hicieron famosos luego. No lo hicieron como inversión, ni para conseguir fama, ni con la idea de exponer las obras. Lo hicieron porque el arte es su pasión, y la colección el trabajo de toda una vida. Con el tiempo dejaron de ser clientes de los artistas y se transformaron en amigos: se pasaban por sus estudios para ver en qué trabajaban, los llamaban por teléfono cada fin de semana, incluso cuidaron al gato de Christo y Jean-Claude mientras trabajaban en su instalación Valley Courtain.

El documental consiste en los Vogel contando su vida, intercalada con gente dando su visión de los Vogel, sin más filigranas, pero la historia de esas dos personas costeando una de las principales colecciones de arte contemporáneo de los Estados Unidos con unos sueldos más que discretos  es tan insólita que no hace falta más. Una parte importante de la película se centra en cómo se gestó el destino final de la colección. Tras rechazar ofertas millonarios por partes de la colección, o por su totalidad, la National Gallery pudo ofrecerles lo que querían: un museo gratuito que se comprometiera a mantener la colección unida. La operación se convirtió en una empresa desproporcionada y surrealista, como cuando la gente de la National Gallery llega a su apartamento (que, siendo sinceros, no se diferencia tanto del de alguien con síndrome de Diógenes), empiezan a sacar cuadros para poder tasarlos, y acaban haciendo falta ocho camiones de mudanza para vaciar el piso, todo ello rezando para que se cierre el acuerdo, porque si no hay que traerlos de vuelta.

La National Gallery, tras hacer inventario, dijo que sólo podía hacerse cargo de unas mil obras. Con el resto se ha creado la iniciativa Cincuenta Obras para Cincuenta Estados, según la cual cada estado recibirá una donación de cincuenta obras, para así repartir la colección por todo el país.

Los Vogel donaron la colección, porque como no se cansan de decir, lo que les importaba es el arte, no el dinero. El responsable del acuerdo por parte de la National Gallery explica cómo querían hacer algo por ellos, y decidieron darles una especie de paga, para que pudieran comprarse un sofá (ahora que tenían dónde ponerlo, una vez que el apartamento no estaba lleno de cuadros apilados por todas partes) y ahorrar en vistas a problemas médicos y similares.

La siguiente vez que fue a verles, no había sofá: habían usado el dinero de la National Gallery para comprar más cuadros, que algún día acabaran en la National Gallery.