Herb and Dorothy

Herb y Dorothy Vogel tienen el mismo glamour que unas alpargatas de esparto. Están jubilados: él trabajaba en correos, y ella era bibliotecaria. Y aún así se les recibe como a miembros de la nobleza en todas las inauguraciones de galerías de arte en Nueva York.

Una posible explicación es el hecho de que su minúsculo apartamento en Manhattan contenía, además de gatos, tortugas y peces, unas 3000 obras de arte contemporáneo, de eso que se llama “valor incalculable”.

La pregunta pasa a ser, está claro, cómo consiguen un empleado de correos y una bibliotecaria adquirir semejante colección.

La respuesta abreviada: poquito a poco.

La versión larga puede verse en el documental Herb and Dorothy, y básicamente consiste en que los Vogel han vivido una vida austera, gastando todo el dinero sobrante en obras de arte, generalmente de artistas que estaban empezando su carrera, y que en muchos casos se hicieron famosos luego. No lo hicieron como inversión, ni para conseguir fama, ni con la idea de exponer las obras. Lo hicieron porque el arte es su pasión, y la colección el trabajo de toda una vida. Con el tiempo dejaron de ser clientes de los artistas y se transformaron en amigos: se pasaban por sus estudios para ver en qué trabajaban, los llamaban por teléfono cada fin de semana, incluso cuidaron al gato de Christo y Jean-Claude mientras trabajaban en su instalación Valley Courtain.

El documental consiste en los Vogel contando su vida, intercalada con gente dando su visión de los Vogel, sin más filigranas, pero la historia de esas dos personas costeando una de las principales colecciones de arte contemporáneo de los Estados Unidos con unos sueldos más que discretos  es tan insólita que no hace falta más. Una parte importante de la película se centra en cómo se gestó el destino final de la colección. Tras rechazar ofertas millonarios por partes de la colección, o por su totalidad, la National Gallery pudo ofrecerles lo que querían: un museo gratuito que se comprometiera a mantener la colección unida. La operación se convirtió en una empresa desproporcionada y surrealista, como cuando la gente de la National Gallery llega a su apartamento (que, siendo sinceros, no se diferencia tanto del de alguien con síndrome de Diógenes), empiezan a sacar cuadros para poder tasarlos, y acaban haciendo falta ocho camiones de mudanza para vaciar el piso, todo ello rezando para que se cierre el acuerdo, porque si no hay que traerlos de vuelta.

La National Gallery, tras hacer inventario, dijo que sólo podía hacerse cargo de unas mil obras. Con el resto se ha creado la iniciativa Cincuenta Obras para Cincuenta Estados, según la cual cada estado recibirá una donación de cincuenta obras, para así repartir la colección por todo el país.

Los Vogel donaron la colección, porque como no se cansan de decir, lo que les importaba es el arte, no el dinero. El responsable del acuerdo por parte de la National Gallery explica cómo querían hacer algo por ellos, y decidieron darles una especie de paga, para que pudieran comprarse un sofá (ahora que tenían dónde ponerlo, una vez que el apartamento no estaba lleno de cuadros apilados por todas partes) y ahorrar en vistas a problemas médicos y similares.

La siguiente vez que fue a verles, no había sofá: habían usado el dinero de la National Gallery para comprar más cuadros, que algún día acabaran en la National Gallery.

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