Cáncer

Tengo un amigo, con una beca postdoctoral de la Fundación Ramón Areces (efectivamente, El Corte Inglés subvenciona ciencia), que trabaja para Mark Davis, y recientemente me contó su historia, que inspira una mezcla perfecta de admiración y ternura.

Davis, profesor de ingeniería química y atleta aficionado, empezó su carrera científica como un prometedor investigador en catálisis y materiales inorgánicos. En 1995, a su mujer se le diagnostica cáncer de pecho, con treintaiséis años. En aquel momento tenían una hija de cinco años y gemelos de tres. La historia tiene final feliz: el cáncer remitió al año, y no ha habido reincidencias. Pero durante ese año pasaron por el infierno habitual, incluyendo sesiones de quimioterapia. Mientras sufría los efectos secundarios, la mujer de Davis le dijo que debería dedicarse a diseñar un sistema menos agresivo para tratar el cáncer.

El hombre se lo tomó en serio.

Sin saber nada de biología, Davis decide primero investigar el problema. Se toma un año sabático para encerrarse a leer bibliografía, buscando qué podía aportar su formación como químico. Y al tiempo, tuvo una idea. Una nano partícula, IT-101, que contuviese la droga necesaria para tratar el cáncer, pero que fuese lo bastante inteligente para administrarla sólo a las células del tumor, en vez de repartirla por todo el cuerpo.

Los detalles están muy bien explicados en un episodio de la serie Curious (en la primera mitad Nate Lewis, otra eminencia, habla de energía solar). Una vez diseñada la partícula, y por tanto acabada la investigación más teórica, Davis fundó una empresa para poder impulsar el desarrollo de la droga e iniciar el largo y complicado proceso que convierte una idea en un medicamento disponible para el gran público. Se probó en ratones, luego en humanos, y está ya en Fase III, lo cual es como poco muy buena señal. Se espera que dentro de no mucho se publiquen los resultados.

Me pregunto cuántos científicos habrá dedicados a problemas que les han afectado de forma personal. Investigadores malpagados echando jornadas de diez horas diarias, no porque vean el trabajo como una responsabilidad, o una oportunidad, ni siquiera una pasión, sino una declaración de amor a una esposa con cáncer, o un tributo a un abuelo que murió de Alzheimer, o un regalo a un hijo diabético.

Parece claro que, de tener éxito antes que otros grupos trabajando en ideas similares, Davis tendría muchas oportunidades de llevarse un Nobel. No se me ocurre, además, mejor manera de asegurarse la victoria en cada discusión doméstica: “es cierto, cariño, no he sacado la basura, pero te recuerdo que he curado el cáncer por ti”.

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