Arde Los Ángeles (V) – Esperando

Hace ya más de dos semanas que empezó el incendio, y aunque completamente controlado, el bosque sigue ardiendo en algunas zonas. Pero ya no se ve el humo, no huele a quemado, el aire no lleva ceniza. El fuego, por tanto, no es noticia, casi olvidado ya por todos los que no hayan visto arder su casa. De vez en cuando se comentan cosas, como el hecho de que ha sido el primer fuego en el que se han usado 747 como aviones cisterna. Las imágenes impresionan:

Boeing 747 usado en extinción de incendios

Aparte de esto, y del funeral por los dos bomberos muertos, ahora sólo queda esperarar: a que el incendio quede totalmente extinguido, a que se encuentre (o no) al pirómano, y a que se pueda ir a ver cómo ha quedado el monte.

La última vez que subí fue para el cuatro de Julio, que ya se sabe que aquí es día grande. Hay un sendero, de 7 km de recorrido y unos 830 metros de elevación, que lleva al llamado Inspiration Point, desde dónde en un día claro puede verse todo Los Ángeles, hasta el mar. El camino es bastante agradable (no hay que escalar ni agarrarse a las rocas), y es frecuente subir al atardecer, para ver cómo se ilumina la ciudad. Es ahí cuando se da cuenta de que es inmensa, inabarcable, una eternidad de casas bajas que se extiende hasta el infinito.

Subir el cuatro de Julio es aún más típico, porque se ven los fuegos artificiales. Están los que paga cada ciudad (porque Los Ángeles es una sucesión de municipios que funcionan como barrios), que son los más impresionantes, pero se ven muchísimos pequeños, por todas partes, pagados por asociaciones de vecinos o particulares. Empiezan poco a poco, se van sumando más y más, sucediéndose unos a otros, hasta que hay unos veinte o treinta a la vez. Los de más lejos, donde el horizonte empieza a desvanecerse, parecen salir de la nada. Pasado un rato empiezan a decaer, hasta que se apagan por completo. Es un espectáculo muy curioso, y más verlo sentado en el monte, en la oscuridad, con otras doscientas personas, todos en silencio.

Al final del camino hay unas ruinas, y un cartel que explica que aquello fue un complejo turístico de lujo, pero que tras un incendio se decidió no volver a levantarlo. Quedan restos de ladrillo, un tramo de vías de tren que no llevan a ninguna parte, algo de maquinaria oxidada, todo rodeado por bosque. El sitio es bonito, y la verdad es que las ruinas no quedan mal, una reliquia del pasado en una ciudad que no tiene mucho.

Me imagino que la impresión será diferente la próxima vez que las vea, rodeadas de tocones quemados y cubiertas de ceniza.

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