Inspiración

Hace pocos días se pronunció el comité de expertos que Obama había puesto a cargo de evaluar si el programa Constelación de la NASA, con objetivo poner hombres de vuelta en la Luna en 2020, era realista dado el presupuesto establecido. La respuesta: ni un poquito.

El informe viene a contar que hay poco dinero, y que más vale elegir bien qué hacer con él: ir a la Luna sin tanta prisa, prolongar la vida del transbordador espacial o de la Estación Espacial Internacional, exploración sin humanos, fomentar el turismo espacial… De lo de que un señor (o señora) se dé un paseo por Marte en las próximas décadas ni hablamos, claro.

Esto podría ser una buena noticia para el Jet Propulsion Laboratory (JPL), el centro de la NASA que se encarga, básicamente, de todo lo que queda lejos (una vez pasada la Luna), responsables de los robots en Marte, de las sondas que andan por Plutón, y filigranas similares. Todo lo que sugiera no dedicar el dinero a la exploración humana, y sí a la robótica, les beneficia económicamente. Varios de sus empleados, además, creen que es más rentable (a nivel de ciencia, o de resultados prácticos) invertir el dinero en la exploración automatizada: más robots en Marte (como el Mars Science Laboratory, en el que trabajan actualmente), satélites para monitorizar el cambio climático o medir la deforestación del Amazonas, sondas que estudien Titán, telescopios formados por piezas que floten en formación, buscar ondas gravitacionales, cosas así.

Y sin embargo, he hablado con varios empleados que creen que, aunque todo eso es cierto, hay que invertir en la carrera espacial a la vieja usanza, poniendo gente en órbita. El principal motivo es que, en su caso, fue el programa Apollo lo que les inspiró a ser lo que son (al igual que a muchos otros: los años después del paseo de Neil Armstrong vieron crecer el número de estudiantes de ciencias). A día de hoy, con la educación por los suelos, con todo el mundo (desde los profesores hasta Obama) intentando motivar a los alumnos, quizás la exploración del espacio sea la manera de hacer atractivo el esfuerzo académico en general, y las ciencias y las matemáticas en particular.

Es cierto que muchos de los artilugios que andan por ahí fuera han provocado olas de cariño inesperadas. El Hubble lleva funcionando muchos más años de lo previsto porque, cuando se habló de retirarlo por primera vez, la gente de pie hizo campaña por salvarlo. Lo mismo pasa con los Mars Rover, Spirit y Opportunity: también han superado con creces su primera previsión de jubilación, y JPL ha recibido cartas de padres agradecidos, que contaban cómo habían construido una maqueta con sus hijos, o cómo ponían más interés en clase de ciencias.

Pero hay que reconocer que, a la hora de la verdad, es probable que Neil Armstrong tenga más colegios que lleven su nombre.

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