Calderilla

Dentro del siempre cambiante y casi nunca coherente aluvión de medidas contra la crisis que el Gobierno anda considerando (imposible hablar con más certeza, visto lo visto) se encuentra un recorte en el presupuesto de investigación. Siguiendo la tónica general se han mencionado todas las cifras posibles, pero dos han destacado especialmente. Primero se habló de un 37%, luego de un 18% que podría quedarse en 15%. En cualquier caso, porcentualmente, no parece que el recorte vaya a ser ninguna broma.

Digo porcentualmente porque, si uno mira el dinero puro y duro, los euros, estamos hablando de un recorte de, según las cifras mencionadas antes, entre 400 y 800 millones de euros, sobre un presupuesto que este año apenas pasa de los 1500 millones. A ojo de buen cubero, el recorte supone unos 15 euros por español. Algo más si sólo se considera sólo la población activa, pero de ese orden de magnitud.

Repetimos: 15 euros.

Compárese con el aguinaldo de los 400 euros, con las reformas de aeropuertos varios, con las obras del AVE (cientos de millones por tramos de unos pocos kilómetros), con las ayudas a la banca, y se comprueba que aunque 800 millones de euros parecen mucho dinero, es una nimiedad comparado con el gasto público en cualquier asunto medianamente serio (sí es cierto que supera los 81 millones de presupuesto del Ministerio de Igualdad, pero hemos dicho medianamente serio). Mucho más si al final resulta que son sólo 400 millones, ahorro que parece insignificante si el coste es cargarte entre el 15 y el 30% del presupuesto de I+D.

Pero puede que, en la práctica, sea aún peor. No sólo hay que sabér de cuánto sera el recorte, sino qué se va a recortar. Y el temor está en que se recorte de ciencia básica, y no de las ayudas a empresas. Esto es un especial motivo de espanto para el que conozca a gente que trabaje en el departamento de I+D de algunas (muchas) empresas: abundan los chanchullos, el usar dinero público para pagar cosas que debería pagar la empresa, el total desinterés por los resultados con tal de lograr la prometida rebaja fiscal si se invierte cierta cantidad. Pero está claro que ningún gobierno va a dejar escapar la oportunidad de dar ayudas a las empresas camuflándolo como gasto en ciencia y tecnología.

Este no es el único ejemplo de la “ingeniería financiera” que menciona el artículo de El País. Otro podría ser las becas de post doctorado del Ministerio para estancias en el extranjero. Aunque supuestamente anuales, en los últimos años se vienen dando aproximadamente cada año y medio. Básicamente se convocan cuando tendrían que resolverse, y se resuelven pasados unos meses. Como resultado se dan menos becas, con lo que se ahorra dinero. Cuatro perras, pero ahorradas quedan. La técnica sirve además para algo más: como en cada año o bien se resuelve una edición de las becas, o bien se convoca, en caso de necesidad se pueden dar cifras de becarios cada año, como si no se estuviera perdiendo una promoción de cada tres. Da igual que la moto en realidad sea una bicicleta, mientras pueda venderse.

A estas alturas de la película los investigadores se saben los últimos monos, y estarían curados de espanto si no fuera porque siempre aparecen espantos nuevos. Todos los gobiernos, todos los candidatos, todos los políticos, hablan siempre de cambiar el sistema ecónomico, de modernizar el modelo productivo, de multiplicar el gasto en educación e investigación, de cambiar el ladrillo por el I+D. Todo suena muy bien, y a veces se ven mejoras (casi siempre tímidas, rozando lo ridículo, pero mejoras al fin y al cabo), pero a la hora de la verdad se ven las verdaderas prioridades del Gobierno de turno. Y no hay mejor ejemplo de hora de la verdad que una crisis económica a gran escala como la que estamos viviendo. Y cuando tocan recortes, los investigadores saben lo que toca. A veces patalean, con los últimos rescoldos de dignidad, y se habla con la prensa, se escriben editoriales, e incluso se considera hacer una huelga, que en el fondo saben inútil, porque no son pilotos, ni controladores de vuelo, ni la plantilla del Real Madrid.

Esta vez, como todas las anteriores, duele el recorte miserable, la falta de visión habitual, el prometer una cosa y dar otra, la comparación con países serios, donde la inversión no sólo no ha bajado, sino que ha crecido. Pero hay un factor nuevo, una nueva fuente de amargura: la oportunidad perdida. Es cierto que la inversión en investigación es especialmente productiva a medio y largo plazo, no a corto, y que por lo tanto es más difícil de vender en un país en el que no hay tradición. Pero es que hoy día, no nos engañemos, el corto plazo está perdido. A nada que nos descuidemos el paro se va a poner en un monstruoso 20%, y los sectores tradicionalmente fuertes (ladrillo, turismo) no podrían arreglar la situación por mucho dinero público que se usara. ¿Qué mejor situación que esta para hacer una inversión arriesgada? ¿De verdad que no se puede intentar convencer a la opinión pública de que es hora de cambiar el país, y que al principio no va a ser fácil? ¿Por qué no intentar controlar el paro creando puestos de investigadores (siempre tan difíciles de conseguir, incluso cuando hay dinero que gastar, por no se sabe qué reserva de los organismos de gestión) en vez de con obras públicas? ¿Por qué tener miedo con tan poco que perder?

Aunque uno no esté de acuerdo, se puede entender el atractivo de una política basada en el “pan para hoy, hambre para mañana”. Quizás no sea lo mejor, quizás falte visión a largo plazo (esa cosa que se le supone a los políticos y que desaperece ante la lucha por la reelección), pero al menos sacas algo. Ahora bien, si de lo que estamos hablando es “hambre para hoy, hambre para mañana”…

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