Zombieland

De nuevo una película que, como Superbad (lamentablemente titulada Supersalidos en España), es mucho mejor de lo que su nombre sugiere, y que demuestra que se puede esperar algo bueno de la avalancha de futuros estrenos con zombis, vampiros (la mayor sobredosis que se recuerda; cuánto daño ha hecho Twilight), hombres lobo y demás fauna sobrenatural.

El argumento de la película es sencillo: en un mundo tomado por los zombis (modalidad infectados), un joven friki, inseguro y maniático (Jesse Eisenberg, que salió en esa joya semi-desconocida que es The Squid and The Whale) se encuentra con un pirado que disfruta matando zombis (un Woody Harrelson enorme) y dos hermanas que intentan sobrevivir sin confiar en nadie (Emma Stone, Superbad, y Abigail Breslin, Little Miss Sunshine). La película toca todos los palos, desde el drama hasta el romance, con apenas algunas gotitas de terror, destacando sobre todo la comedia, dividida a partes iguales entre los diálogos y el sadismo con los zombis. Aquí la idea es la misma que con los caricaturescos nazis de la última de Tarantino:  el enemigo es tan repugnante que nunca se es lo bastante burro, siempre se puede subir el nivel de salvajismo. La abundante violencia tiene además la virtud de caer en una milagrosa tierra de nadie entre lo caricaturesco y lo elegante, y resulta mucho más cómica que desagradable (siempre que se tenga un mínimo estómago para estas cosas).

El guion de Paul Wernick y Rhett Reese, aunque parezca hecho a la medida de los chistes, es muy sólido, igual que la dirección de Ruben Fleischer, con algunas ideas bastante novedosas y que funcionan muy bien, como el gag recurrente con la lista de consejos para sobrevivir, o los descacharrantes títulos de crédito, una locura totalmente pasada de vueltas al ritmo con el For Whom the Bells Toll de Metallica sonando. He oído describir la película como la versión americana de Shaun of the Dead (que no he visto, pero de la que todo el mundo habla maravillas), lo que puede servir como indicación de qué esperar: una película muy divertida, con personajes atractivos, y zombis en abundancia.

Aunque con algunos antecedentes notables (Yo anduve con un zombie, de Tourneur), las películas de zombi como las entedemos hoy día empiezan con La Noche de los Muertos Vivientes, de 1968. El género puede verse como una variante del cine de catástrofes, que sería muy popular unos años después (Aeropuerto, El Coloso en Llamas, La Odisea del Poseidón), y que resurgiría en los 90 (Parque Jurásico, Independence Day, Deep Impact), gracias al auge de lo digital. El esquema es tal que así: un pequeño grupo de personas, lo más heterogéneo posible, intenta sobrevivir en medio de un entorno hostil, es decir, donde empiezan a repartirse hostias como panes. El que la hostilidad la proporcione un terremoto, un accidente en un barco, una manada de velocirraptores o un grupo de zombis a la caza de cerebros sólo va a influenciar en cómo de sangrientas serán las muertes, y determinar por tanto si la película se encuadra en el terror o en las aventuras para toda la familia. En todos los casos, lo que se muestra es la lucha por la supervivencia del hombre común. Esta es la única victoria posible cuando el enemigo es anónimo, impersional, y esencialmente imparable, una fuerza de la naturaleza. Son por eso películas sin un protagonista claro, con repartos corales, llenos de hombres comunes, con los que es fácil identificarse. Las películas que cuentan con un héroe de corte clásico suelen por el contrario mostrar un antagonista bien definido, con intenciones claramente malignas, y al que se puede vencer, da igual que sea de origen natural (Tiburón), sobrenatural (Alien), o humano (La Jungla de Cristal). Un héroe es la persona a la que admiramos, porque nos libra del mal. El tipo que corre delante de una manada de zombis hambrientos es un pobre desgraciado, no muy diferente de nosotros, y eso es lo que nos da miedo.

Sin embargo, ni Shaun of the Dead ni Zombieland son cine de catástrofes. Tienen su ración de zombis, sí, pero la historia que cuentan se encuadra más dentro de la comedia romántica, género que hasta ahora usaba la realidad como escenario. El que los zombis hayan pasado de lo catastrófico a lo cotidiano es en parte consecuencia natural de que llevan cuarenta años apareciendo en el cine con relativa regularidad, y a todo se acostumbra uno. Ya sólo faltan ejemplos, más allá de la serie B, en las que el protagonista sea directamente uno de ellos. Pero no creo que hayan sido los zombis los únicos que se han acercado a la realidad, sino que también ésta se parece cada vez más una película de catástrofes, entre crisis financieras, cambios climáticos, pandemias gripales y el siempre creciente número de hijos de puta de diverso pelaje que andan sueltos por ahí. Amenazas reales o exageradas, pero que en cualquier caso llenan los periódicos un día sí y el otro también.

Y es que, hoy por hoy, la realidad da a veces más miedo que una plaga de zombis.

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