Comilona

Este jueves ha sido el Día de Acción de Gracias en Estados Unidos (en Canadá es mes y medio antes), en el que se celebran los frutos de la naturaleza a base de comer hasta perder el conocimiento (los nativos lo llaman algo así como El día que empezó el holocausto, que como en todas las cosas siempre hay más de un punto de vista).

La celebración no tiene mucho más que explicar: las familias se levantan temprano, cocinan (pavo, relleno, puré de patatas, judías verdes, tartas de todo tipo), se empieza a cenar muy temprano (pongamos, las cuatro de la tarde), y se sigue comiendo hasta que no se puede más. Entonces se para, se ve fútbol americano o se disfruta de la compañía, y cuando hay más espacio se sigue comiendo. Eso que se llama comer como si fuera la última vez.

Pero, ¿qué pinta tiene una comida que es de verdad la última?

Un artículo de Slate informa de las diversas reglas acerca de qué puede pedir un prisionero del corredor de la muerte como última cena. Por ejemplo, que suele limitarse a cosas que puedan cocinarse con los ingredientes que se usan habitualmente en la prisión (así que si quieres filet mignon, va a ser que no). O el caso de Florida, en el que tienen que ser compradas en establecimientos locales, por no más de 40 dólares (así que el filet mignon sigue estando complicado). Esto no quiere decir que no puedan pedir otras cosas, simplemente que el resultado puede no ser el esperado.

Como ejemplo tenemos esta página del Departamento de Justicia Criminal de Texas, con la petición de 310 prisioneros. Abundan las hamburguesas, los filetes y, en los casos más recientes, donde el número de hispanos es altísimo, la comida mexicana, aunque hay otros más originales. Quizás destaque Odell Barnes Jr., que pidió Justicia, Igualdad y Paz Mundial. El horror de la experiencia se completa con esta página, en la que aparecen la ficha y últimas palabras de todos los condenados. Espanta el desproporcionado número de negros e hispanos, y ver cómo piden perdón a las familias de las víctimas, cómo le declaran amor a la suya propia, cómo se encomiendan a Dios, o cómo (los que menos) se declaran inocentes y víctimas de un error.

Esta truculenta correlación de últimas palabras y última comida no puede hacerse con todos los prisioneros: a partir de 2004 no se han seguido colgando las peticiones de comida, por considerarlo ofensivo. Puedo a ofenderse por algo, veo más sensato hacerlo por el caso de Ricky Ray Rector, que tuvo la mala suerte de ser condenado antes de que el Tribunal Supremo declarara que aplicar la pena capital a retrasados mentales es anticonstitucional. Rector fue ejecutado en Arkansas en 1992, cuando el entonces gobernador Bill Clinton hacía campaña para las elecciones presidenciales. Lobotomizado debido a heridas recibidas durante el crimen que lo envió al corredor de la muerte, no entendía muy bien lo que se le venía encima: decidió guardar para más tarde la tarta de su última cena.

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One Response to “Comilona”

  1. ¿A qué "última cena" tiene derecho un preso en el corredor de la muerte? Says:

    […] ¿A qué "última cena" tiene derecho un preso en el corredor de la muerte? […]

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