Lo divino y lo humano

Ferrín Calamita, juez condenado por el Supremo a diez años de inhabilitación por prevaricar, dice que el verdadero juez supremo le absolverá.

Concretamente la cita que dan los periódicos es:

Tengo la conciencia muy tranquila y duermo muy bien, que es lo más importante, y estoy seguro que el verdadero juez supremo, ante el que todos compareceremos más pronto o más tarde, me absolverá.

Los jueces, como todo el mundo, tienen derecho a creer lo que les salga de los cojones.  Tienen también derecho a opinar lo que les salga de los cojones, salvo el par de casos en los que esto sea delito. El problema es que mientras que mucha gente también puede hacer su trabajo según sus creencias sin que pase nada (si un panadero amasa mientras grita proclamas a favor de Cristo, el comunismo, el Real Madrid o el PP me va a dar igual), los jueces no están en ese grupo. A los jueces se les pide que aparten sus creencias. Pueden interpretar la ley, y por eso cada uno actúa de una forma ligeramente diferente, pero en última instancia, lo que está escrito, es lo que está escrito. Así que si sus creencias no están de acuerdo con la ley, si chocan de forma frontal, uno espera que las dejen en casa.

Lo que uno espera es que estén de acuerdo con la ley, pero quizás demasiado pedir. Porque, seamos sinceros, no todos estamos de acuerdo con todos los detalles de la ley. Seguro que hay muchas sentencias por ahí, perfectamente conformes a la ley, que a servidor le parecen un espanto. Y probablemente si yo fuera juez me costaría mucho anteponer la ley a mis creencias cuando entraran en conflicto. Es probable que, como Ferrín Calamita, alguna vez me dejara llevar.

Pero es que ese es uno de los muchos motivos por los que sería una idea terrible que yo fuera un juez.

No basta con ser capaz de sacarse derecho, de aprobar las oposiciones, de pasar por la escuela de jueces, por las prácticas y por los diversos destinos. No es suficiente con dominar la técnica de los sumarios y las sentencias. Hace falta una cierta pasta moral, una ecuanimidad, una capacidad de poner lo personal por detrás de la ley.

La terrenal, se entiende. O eso se presuponía.

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