Invictus

A sus 79 años (ahí es nada), Clint Eastwood está en racha, dirigiendo prácticamente una película por año, y ninguna mala. Si de algo podemos quejarnos es de que no se prodigue tanto como actor; esperemos que Gran Torino no sea su último papel frente a la cámara (no porque sea una mala despedida, sino más bien porque preferiríamos no tener que despedirnos).

Su último trabajo, Invictus, cuenta como Nelson Mandela (un Morgan Freeman que clava el papel) usó el Mundial de Rugby (un deporte tradicionalmente blanco) que se celebró en Sudáfrica en 1995 para unir al país. Matt Damon interpreta a François Pienaar, el capitán del equipo de rugby, y el único jugador con un papel importante. La película se centra tanto en la vida de Mandela (su relación con su familia, con sus guardaespaldas, con miembros de su gobierno), como en su idea de usar el rugby para darle al país un símbolo y un objetivo comunes para blancos y negros, y las dificultades que eso conlleva.

La película tienes varios problemas, casi todos derivados de un guion con una ausencia casi total de conflicto. Todo el mundo es bueno (el único adversario posible son los equipos de rugby rivales, todo dentro de una caballerosidad y deportividad extremas). Hay racismo, sí, pero poco, y no llega al nivel de resultar una amenaza importante. Así, los guardaespaldas que han protegido a Mandela desde siempre (negros) tienen que aprender a trabajar con el cuerpo de seguridad del anterior presidente (blancos), y viceversa. Hay tensión, pero no mucha, y se pasa sola. El padre de Pienaar tiene opiniones bastante racistas con respecto a Mandela, pero eso también se trata de puntillas, sin que tenga ningún tipo de discusión con su hijo, una vez este pasa a respetar al presidente. Y así con todo. El par de momentos en que se intenta crear algo de tensión es a través de trucos tramposos y previsibles, y que al final reinciden en ese buenismo desenfrenado. Todo muy facilón, todo muy inocuo.

Un problema quizás más personal es que Mandela no es sólo buenísimo también, sino que habla continuamente (continuamente) con frases lapidarias, una detrás de otra. No digo yo que el hombre no hable así, de hecho me lo creo sin ningún problema (muchos años en la cárcel ensayando, mucho sentido de la responsabilidad histórica, mucho saberse un personaje clave para el futuro de tu país), pero aún así en una película queda forzado, poco realista. Y es una pena, porque estoy convencido de que Freeman le está clavando el gesto a Mandela. Quizás haya ciertas personas a las que no hay manera de llevar a la gran pantalla.

Si algo hay que destacar, es el hecho de que Eastwood sea capaz de, con un guion que flojea tanto, sacar una película digna, sobria y elegante, según su estilo habitual. Pero de él no se esperan películas buenas, sino excepcionales. Quizás nos haya mal acostumbrado. En este caso se demuestra que de donde no hay no se puede sacar, y ni siquiera un director como Eastwood, con unos actores como Freeman o Damon, son capaces de hacer una gran película con un guion pobre.

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