Winter’s Bone

Ree Dolly (una fantástica Jennifer Lawrence) es una chiquilla de 17 años que vive en las Orzaks, una zona montañosa de Missouri de economía deprimida y ambiente deprimente. Se encarga de la casa, de sus dos hermanos pequeños, y de su madre, que está básicamente catatónica. No se sabe nada del padre, condenado por producir metanfetamina (crystal meth, que le dicen aquí). Su vida parece feliz, pero en un equilibrio bastante precario, especialmente desde el punto de vista económico.

Y en esto llega el sheriff y le dice que su padre puso su casa como fianza para la libertad condicional, que tiene que presentarse a juicio en breve, que nadie sabe dónde está, y que si no aparece se van a la calle. Y a Ree sólo le queda una sola por hacer: salir a buscarlo ella misma.

La cosa no es fácil, porque nadie en su comunidad (muchos de ellos productores de meth) tienen el más mínimo interés en que tenga éxito. La película muestra un mundo hostil, lleno de secretos, de gente violenta dura y violenta, donde impera la ley del silencio y la protección de lo propio. El machismo no ayuda: en cierto momento de la película, alguien le pregunta a Ree si no tiene un hombre que puede hacerse cargo del problema.

La única ayuda (y no siempre) viene de su tío Teardrop (maravilloso John Hawkes), el único hermano del padre desaparecido, un personaje fascinante y cuya colaboración tiene lugar más según los códigos de la comunidad que por el deseo de ayudar a su sobrina. El personaje es carismático y aterrador a partes iguales: cuando Ree le dice que siempre le dio miedo de pequeña, él responde que porque es una chica lista.

Ese miedo a algo indeterminado pero presente recorre la película. Si algo destaca es la sensación de peligro, la tensión, la amenaza constante.

El reparto es fantástico. Muchos no son actores profesionales, sino gente de la zona (los hermanos de Ree, el reclutador del ejército), hasta el punto de que en los títulos de créditos muchos aparecen también en la sección de “diálogo adicional”, es de suponer que improvisado. Esto, y el haber rodado en las Orzaks, recreándose muchas veces en la dureza del paisaje y con una fotografía no muy distinta de la de The Road, ayuda a darle un muy necesario realismo a la película.

Dirigida por Debra Granik (su segunda película tras Down to the bone, con Vera Farmiga), que además ha escrito el guion con Anne Rosellini, basándose en una novela de Daniel Woodrell, la película se llevó el Gran Premio del Jurado en Sundance. Es, me imagino, lo único que la ha salvado del ostracismo comercial más absoluto: con un presupuesto de dos millones de dólares (una nadería por estos lares), lleva recaudados cuatro, que sin ser mucho tampoco está tan mal. No sé si llegará al otro lado del charco, pero desde luego se lo merece. De lo mejorcito que he visto este año.

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