Inception

Origen le han puesto en España. Pierde un poco de rotundidad, pero en peores plazas hemos toreado.

Ya está aquí la última de de Christopher Nolan, al que tras The Dark Knight le hubieran financiado un documental sobre la poda del manzano si se hubiera empeñado. La película está dando mucho que hablar: que si es una obra maestra, que si no, que si no se entiende, que si es complicadísima, que si el final es ambiguo, que si es el mejor invento desde la leche en polvo…

La película del momento, vaya (por mucho que Toy Story 3 le dé sopas con honda).

Por partes.

¿De qué va?

La película se desarrolla en un mundo en el que la gente ha aprendido a acceder a los sueños de otras personas. El sistema es elaborado, y se usa sobre todo para espionaje industrial. Dom Cobb (Leonardo DiCaprio) es el mejor de los que se dedican a esto. La película empieza con un trabajo en el que las cosas no salen como se esperaba, y Cobb y su colaborador habitual, Arthur (Joseph Gordon-Levitt, en el paper que le puede convertir en estrella del todo) se salvan por los pelos.

Y en esto aparece Saito (Ken Watanabe), que le ofrece un trabajo en el que su misión sería no robar una idea, sino implantarla, de manera que el sujeto (interpretado por Cillian Murphy) crea que es suya. Ese proceso es lo que se llama inception. Arthur dice que no es posible, pero Webb dice que sí, pero que van a hacer falta sueños dentro de sueños, y que para eso necesita un equipo formado por los mejores profesionales, cada uno con un rol muy específico en la misión.

La primera mitad de la película (que es larga) se va en buscar al equipo y explicarle al espectador las reglas del juego. Para eso nos servimos de Ariadne (toma referencia sutil), interpretada por Ellen Page, que es nueva en el negocio, y por tanto hay que explicárselo todo (donde todo es todo; el exceso de exposición es una de las cosas más criticadas, y con razón). Su trabajo es ser el arquitecto del sueño, la que crea el mundo; su entrenamiento da lugar a las escenas más memorables desde lo visual, que son, tristemente, todas las que aparecen en el trailer. Sí, la ciudad doblándose es con diferencia la filigrana más conseguida.

En esta parte también nos enteramos de que Mal (Marion Cotillard), la mujer de Cobb, vive en sus sueños y se dedica a putearle las misiones. Esto se explica con alguna de las metáforas visuales más burdas de los últimos tiempos (¡un montacargas para bajar al subsconciente!), y aunque la historia tenía posibilidades, y Mal podría haber sido un antagonista fantástico, toda esa parte no dejaba de chirriarme.

La misión ocupa la segunda mitad de la película. Empieza a ritmo frenético y de ahí para arriba, hasta el punto de que uno preferiría que la cosa se calmara un poco (una hora de clímax es mucho clímax). Aquí Nolan consigue hacer fácil lo difícil (la manera de implantar la idea sin que se nota es simple y elegante), pero luego lo complica todo con varios niveles de sueños con acción simultánea, peleas confusas, y la irrupción de la trama Cobb/Mal sin que encaje muy bien con el resto de la película.

Del ya famoso final ambiguo no quiero decir mucho: se ve venir, es efectista, y va a hacer que mucha gente considere que la película es de pensar mucho.

¿Se entiende?

Sí, salvo que uno sólo haya visto películas en las que sale Steven Seagal. Nolan explica las reglas con la sutileza de un rinoceronte en celo, y te las va recordando según hacen falta. En todo momento sabes qué están haciendo los personajes y por qué, independientemente de que tenga sentido o no.

¿Es tramposa?

Un poco. Aún aceptando algunas reglas estúpidas como necesidades dramáticas, al final se las empiezan a saltar un poco a la torera. No son contradicciones flagrantes, y si uno quiere puede medio justificar la mayoría (“bueno, es que las reglas en el sueño A puede que sean distintas al sueño B, que no es igual que C”), pero tras haber pasado tanto tiempo estableciendo unas reglas más rigidas que la norma ISO, todo lo que no sea cumplirlas a rajatabla me parece tramposo.

¿Es visualmente espectacular?

Sí, pero cada vez menos según avanza la película. El entrenamiento de Ariadne es una gozada, por ejemplo. Según avanza la película parece que Nolan se olvida de que todo ocurre en sueños, porque la imaginería alocada del principio (¡ciudades plegándose! ¡falta de gravedad! ¡laberintos imposibles a la Escher!) deja paso a acción de la de toda la vida, gente pegándose con metralletas y demás. Al hombre siempre se le ha dado bien la acción, y al final intenta recuperar la magia, pero queda la impresión de que la película está un poco desperdiciada en este aspecto.

La sobre exposición también es de lamentar en este sentido. ¿No había mejores formas de llegar al subsconciente que un ascensor? ¿No había mejor forma de explicar las cosas que soltando parrafadas? ¿Algún truco visual para ilustrar las reglas? ¿Show don’t tell, que dicen los yankis? Grant Morrison lleva casi treinta años haciendo cosas de ese palo con mucho más arte y salero.

¿Que tál están los actores?

Muy bien, pero limitados por los personajes. DiCaprio tiene un personaje razonablemente jugoso (el único que tiene objetivos, pasado, problemas personales, personalidad y demás detalles), pero el resto son planos hastas rozar la caricatura. Eso que recomiendan los libros para guionistas de que todos los personajes tienen que tener deseos que entren en conflicto con los de otros personajes, para crear drama… Más bien no. Ni un vaso de agua, que decía Kurt Vonnegut.

Hay quien argumenta que son facetas de Cobb, partes de su subsconciente, arquetipos eternos, cosas así. No digo yo que no sea el caso, pero la queja es la misma: qué facetas/partes del subsconciente/arquetipos más planos. Así, por ejemplo, Gordon-Levitt no puede hacer mucho más que pelearse con los malos mientras pone cara de palo. El resto poco más o menos lo mismo.

¿Alguna otra pega?

Principalmente la misma que en The Dark Knight: me resulta fría, no conecto con los personajes, me dan todos un poco igual (y hacer que me dé igual Batman tiene su mérito, todo hay que decirlo). El motivo es  que Nolan se toma las películas como ejercicios intelectuales, respuestas a un desafío autoimpuesto, algo del tipo de “¿soy capaz de hacer una película que sea así o asá?”. Un poco como cuando a Borges se le ocurría alguna locura como argumento de un libro, pero mientras que uno se limitaba a describir la idea en un cuento de diez páginas, el otro te saca una película de 148 minutos en la que todo gira en torno a la idea, y con poco más aliño. Pasó lo mismo con Memento, y con The Prestige. También con los dos Batman, aunque se nota menos.

No pasa nada por querer tocar temas elevados, o montar una película (o libro, o lo que sea) en torno a una estructura innovadora: Alan Moore ha hecho carrera a base de eso, y no seré yo el que se la critique. Pero si la película tiene poco más a lo que agarrarse que esa idea, su triunfo o fracaso depende de ella a unos niveles insanos. Por eso Memento sigue siendo mi película favorita de Nolan (aunque miedo me da verla de nuevo), porque el reto es difícil, y está bien resuelto. Aunque a uno le de un poco igual lo que pueda pasarle al personaje de Guy Pearce, el puzle te mantiene interesado.

Se echa en falta también algo de sentido del humor. No hay más que tres o cuatro momentos en los que reírse, y el resto es muy serio, muy oscuro, como intentando que parezca una película dramática (ya se sabe, de las buenas), y no una cosa con patadas y efectos especiales. Uno esperaba que Iron Man hubiera recordado a la humanidad de que era posible hacer una buena película de acción con sentido del humor (como los Indiana Jones, las Junglas de Cristal, las Guerras Galácticas, el segundo Terminator… ¿no debería estar claro a estas alturas?), pero esto tampoco ha sido nunca el fuerte de Nolan.

¿Merece la pena?

Claro, aunque sólo sea para poder criticarla. Por mucho que cojee de vez en cuando, la película es espectacular, está bien rodada, está llena de buenas ideas (me gustó mucho lo de los tótems, por mucho que no le vea el  sentido a lo de que la peonza no deje de girar en los sueños) y tiene grandes momentos. Simplemente no es la maravilla metafísica de pensar mucho que nos están vendiendo, ni la mejor película del año, que para eso está ya Pixar.

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