Archive for November, 2010

Momento de miedo

November 17, 2010

Es la una de la madrugada. Hora de salir del despacho y tirar para casa.

Voy en bici por el campus. Algo se mueve delante, entre las plantas al borde del camino. Algún bicho nocturno.

Parece un gato negro, con la cola levantada. Pero no es un gato negro: la cola es demasiado peluda, y tiene como una raya blanca en el lomo.

Raya blanca en el lomo.

Mofeta.

Recapitulemos: es una mofeta, con la cola levantada, mirándome con cara de mala leche.

Años de dibujos animados y ficción variada nos han enseñado que la situación no es la ideal. Está como a siete u ocho metros. Dice la Wikipedia que pueden disparar a una distancia máxima de entre dos y cinco metros, pero yo eso no lo sé. Yo sólo sé que no tengo ni la más mínima gana de pasarme la noche en la ducha.

Paso a su altura y nos miramos, ella con cara de no me toques las gónadas, que soy de gatillo fácil,  yo con cara de señora mofera yo iba de paso de verdad no se altere que ya me voy que yo iba de paso de verdad se lo digo de paso.

La dejo atrás sin que la cosa pase a mayores. Espero que alguien con peores horarios que yo (algún químico orgánico, por ejemplo) no se la encuentre de frente al salir de su edificio…

Hasta siempre, Mr. Marshall

November 13, 2010

Scott Pilgrim vs. The World

November 12, 2010

De semejante palo arranca Scott Pilgrim vs. The World. A la película se le pueden echar muchas cosas en cara, pero esconder sus intenciones no es una de ellas.

Scott Pilgrim (Michael Cera) es un veintañero con una vida desastrosa: sin trabajo, bajista en una banda cutre (en la película con canciones de Beck), con una novia adolescente con la que intenta olvidar a la exnovia que le destrozó, y viviendo en un cuchitril con su compañero de piso Wallace (Kieran Culkin, de los Culkin de toda la vida), que es el dueño de todos los muebles, incluyendo la cama que comparten.

Y en esto, Scott conoce a Ramona Flowers (Mary Elizabeth Winstead), y surge el amor (y el despecho de su ya exnovia adolestence). El problema es que Ramona tiene siete ex (que no exnovios) malvados, que Scott tiene que derrotar, en peleas que parecen sacadas de un videojuego, incluyendo vidas extras y enemigos convertiéndose en monedas al ser derrotados.

¿Una locura? Y tanto.

Y eso sin contar que, en la película, ser vegano te da superpoderes…

Basada en el cómic de culto (culto independiente, pero culto al fin y al cabo) de Bryan Lee O’Malley, su director, Edgard Wright, la ha definido como un musical con peleas en vez de música. Entiéndase: si en un musical los elementos fundamentales de la trama se resuelven con canciones, y después del numerito musical todo sigue como si nada, en Scott Pilgrim los puntos álgidos se convierten en peleas tan estilazadas que hacen que la escena de Neo dándose de galletas con los agentes Smith parezca sacada de una película de Bourne, pero que todos los personajes aceptan como lo más normal.

La película, parece claro, no es para todo el mundo: violencia a lo Mortadelo, referencias constantes a videojuegos, humor tirando a raro, frikismo continúo… Tiene además pegas más objetivas: es en general algo excesiva, alguna pelea se pasa de larga, y la falta de estructura se acaba haciendo rara. Repito: pese a los elogios que siguen, la película no me parece perfecta, ni mucho menos. Y aún así, es una de las mejores películas del año, y desde luego lo más atrevido que he visto en mucho tiempo, más aún viniendo de Hollywood. Tiene, especialmente, dos cosas a su favor.

La primera es un reparto en estado de gracia. Es verdad que los personajes son básicamente los mismo que en el tebeo, pero qué bien les han puesto cara. Cera y Winstead logran, cada uno a su manera, que sus personajes caminen durante toda la película por la delgada línea entre ser encantadores y completamente despreciables (especialmente él, con su increíble capacidad para herir a la gente sin siquiera darse cuenta). Ellen Wong es una Knives encantadora, Anna Kendrick vuelve a bordarlo tras Up in the air, y el reparto sigue con nombres como Chris Evans, Brandon Routh, Jason Schwartzman o Aubrey Plaza, todo ellos en papeles que les quedan como guantes.

Pero el que de verdad se lo lleva de calle es Culkin, con un personaje que aporta al mismo tiempo la nota cómida, la voz de la razón, mala leche y un punto de ternura. Wallace es además un pequeño hito en el mundo de los personajes homosexuales: pese a ser abierta y completamente gay, algo con lo que se bromea mucho en la película, lo que le define no es ser el único gay entre una marea de personajes hetero, sino la suma de otras muchas cualidades. Que no es moco de pavo, visto como está el tema de las minorías en Hollywood.

El otro caballo ganador es la de dirección de Edgar Wright, que ya lo bordó con Shaun of the Dead, una película de la que se suele recordar lo original del argumento, o su humor, pero que tenía un montaje y un estilo visual de quitarse el sombrero. Pues bien, eso no es nada con lo que Wright hace aquí, un despliegue absoluto de estilo que podría ser apabullante y en el que, sin embargo, todo funciona, desde unos efectos especiales constantes pero perfectamente integrados en la historia hasta un montaje que es para levantarse y dar palmas (y al final, como si lo viera, el Oscar se lo llevará Inception, con esa batalla en la nieve en la que no se veía una mierda). Un visionario (término que se usa últimamente con demasiada alegría) como la copa de un pino, y el mejor uso de los efectos especiales y las nuevas tecnologías que se recuerda. No quiero ni pensar el tiempo que habrán echado en postproducción.

Scott Pilgrim puede que sea, además, la primera película que logra llevar a la pantalla el lenguaje del cómic, que es otra cosa que se dice mucho hoy día, pero sin que venga a cuento. Sin City, Watchmen, 300, Kick-Ass, Matrix, The Dark Knight… De todas se ha dicho que llevaban el lenguaje del cómic al cine, cuando lo que hacían era, si acaso, llevar la estética de algunos cómics. El lenguaje del cómic no son los superhéroes, ni las peleas, ni el derroche visual, ni el partir la pantalla en cachos que parezcan viñetas. El lenguaje del cómic (tanto de Watchmen como de Maus como de Mafalda) es la superposición de imágenes y (opcionalmente) texto en viñetas, y el hecho de que la sucesión de viñetas indique el paso del tiempo (o cualquier otro proceso lógico similar), y el hecho de que el lector tenga que poner de su parte lo que pasa entre una viñeta y la siguiente.

Y eso es lo que Wright consigue replicar con los letreros que se superponen con la imagen, con su montaje absurdo, con el salto de escenarios dentro de una misma escena. Y lo mejor de todo es lo bien que funciona.

En Estados Unidos la taquilla ha sido tirando a mala, pese a las buenas críticas y el entusiasmo de los que la han visto. Sólo queda ahora esperar a que remonte en DVD, y que el tiempo haga su trabajo y la ponga en su sitio. Si hoy día cada vez que sale una buena película no faltan las voces que dicen que es una película de las que ya no se hacen, aquí tenemos el caso contrario: Scott Pilgrim es una película de las que aún no se hacen.

Democracia directa

November 7, 2010

¿Cómo va la cosa esa de la democracia?

Lo que a día de hoy entendemos como democracia consiste en que unos señores (normalmente llamados políticos, y otras cosas más feas) se presentan a un cargo público (el que toque), el pueblo soberano (que no llano; estamos en elecciones) elige a uno (o varios, según toque) y a partir de ahí el pueblo llano (que no soberano; las elecciones han pasado) se quita de en medio, y los susodichos políticos toman las decisiones que crean convenientes, hasta que pasados unos años el pueblo, de nuevo soberano, decide si se quedan, si llegan otros, o qué.

Así a grandes rasgos.

¿La gente no decide cosas concretas?

Muy de vez en cuando se le pregunta al pueblo una cosa concreta, tipo “¿les gusta esta Constitución que les hemos escrito?” o “¿qué les parece que nos arrimamos a la cosa europea esa?”. Incluso en esos casos el pueblo sólo suele tener como opciones “sí” y “no”, y no cosas más elaboradas como “la Constitución no está mal, así a grandes rasgos, pero a lo mejor podríamos pensarnos la parte esa del rey”, o “si no hay confesión estatal, no veo que  haya necesidad de nombrar a la Iglesia Católica”.

Hay otros sitios en los que la cosa no funciona exactamente así. Pongamos, por ejemplo, el caso de California.

¿Qué pasa en California?

En California, como en el resto de los Estados Unidos, se vota cada dos años (fijos, aquí no se adelantan las elecciones). Aparte de votar para elegir el correspondiente presidente, gobernador, senador, congresista, sheriff, juez del distrito, supervisor del distrito escolar y no sé qué más, se votan también las llamadas proposiciones o iniciativas.

¿Qué es una iniciativa?

Pues básicamente algo que se propone para votar en referéndum, junto al resto de las cosas que se votan en esas elecciones.

¿Quién lo propone?

Gente. Quien sea, vaya.

¿Cualquier parida que proponga alguien se vota?

Sí y no: cualquier parida que reuna suficientes firmas, donde suficientes son entre 5% y 8% de la gente que votara en las últimas elecciones para gobernador, lo que este año se traducía en 433,971 y 694,354. Parecen muchas firmas, pero con un poco de organización y de medios, tampoco son tantas.

¡Oh, fantástico! ¡El pueblo soberano es soberano de verdad! ¡Por fin una democracia de verdad, como la que tenían los griegos!

Sí, esa en la que el ciudadano tenía voz directa, excepto los esclavos, las mujeres, los extranjeros y todo aquel que no hubiera hecho la mili. Pero nada, cada uno idealiza lo que quiere.

¿Y qué problemas tiene tan elevado sistema?

El problema es que el pueblo soberano, así como masa, no diría yo que es tonto del culo, pero sí que tiene algunas peculiaridades que hacen que el sistema funcione peor de lo esperado. Lo que tienen las masas, vaya. Que yo haya visto, destacan dos:

1.- Mucha gente está de acuerdo con que les bajen los impuestos. Hay gente incluso que está de acuerdo con que se bajen en general, no sólo los suyos (imagino que porque nunca se sabe). Lo que no evita que a toda esa gente le siga gustando que haya carreteras y bomberos, y suelan quejarse de que los colegios públicos son terribles.

2.- Esta tiene dos partes, que como el lector observará, combinan mal:

2.1 – Las mayorías, a veces, tienen detalles feos con las minorías, tales como negarles el voto, la educación o la libertad de no recoger algodón al ritmo que indique el señor con el látigo.

2.2 – Las mayorías suelen ganar las elecciones.

Quizás esto último explique por qué los esclavo no votaban en Grecia.

Quizás va a a tener algo que ver, sí…

El tema de las proposiciones ha alcanzado cierta fama en los últimos años debido a dos casos muy mediáticos: la Proposición 8 de las elecciones de hace dos años, una enmienda a la Constitución de California que prohibía el matrimonio homosexual (y que parece que los juzgados están echando atrás), y la Proposición 19 de las últimas elecciones, el fallido intento de legalizar la mariguana. El número de ambas indica que había más, que iban desde lo ecológico (maltrato animal, polución) a detalles de organización de los colegios electorales que no entiende nadie. En estas elecciones hemos tenido incluso dos iniciativas contradictorias: una que proponía eliminar cierto comité, y otra que proponía darle más poder (es probable que, de haber podido votar, hubiera votado que sí en las dos, como puro experimento sociológico).

¿No hay iniciativas de carácter económico?

Uy, que si hay… Mucho menos mediáticas que el matrimonio homosexual, durante años han ido saliendo iniciativas que, así de tapadillo, han reducido los impuestos hasta lo indecible, mientras que otras se encargaban de que, para subirlos, haga falta una mayoría de dos tercios en el congreso del estado. Más de uno y más de dos piensan que ese es el motivo de que California esté en la ruina.

Pues así visto en conjunto la cosa ya no parece tan fantástica. ¿Es buena idea o no?

Personalmente, me parece que en la práctica funciona como el culo: los temas importantes, tipo derechos civiles, no deberían votarse, y las medidas fiscales que han ido saliendo han hecho que California, la octava economía del mundo, haya tenido que pasar un par de meses pagándole a sus funcionaros con pagarés. Pero no voy a negar que no deja de tener su gracia la posibilidad de hacer ciertas reforma puenteando a la clase política que no puede permitirse proponerlas (legalización de la mariguana) o que directamente no quiere (reforma de la ley electoral española).

Así que no sé, depende del gusto de cada uno. ¿Compensa que el pueblo soberano pueda votar por medidas absurdas, a cambio de que el día que haga falta se pueda proponer algo importante? ¿O es mejor ponerse completamente en manos de los políticos, con tal de que la gente no pueda votar a lo primero que se le ocurra?

Es decir, elegir entre lo malo y lo peor.

Efectivamente, otra vez lo mismo de siempre.