Archive for April, 2012

Matando elefantes

April 26, 2012

George Orwell cuenta en Shooting an elephant como siendo policía en Burma disparó a un elefante al que, en el fondo, no quería matar. El fragmento donde detalla la terrible muerte del animal:

When I pulled the trigger I did not hear the bang or feel the kick – one never does when a shot goes home – but I heard the devilish roar of glee that went up from the crowd. In that instant, in too short a time, one would have thought, even for the bullet to get there, a mysterious, terrible change had come over the elephant. He neither stirred nor fell, but every line of his body had altered. He looked suddenly stricken, shrunken, immensely old, as though the frightful impact of the bullet had paralysed him without knocking him down. At last, after what seemed a long time – it might have been five seconds, I dare say – he sagged flabbily to his knees. His mouth slobbered. An enormous senility seemed to have settled upon him. One could have imagined him thousands of years old. I fired again into the same spot. At the second shot he did not collapse but climbed with desperate slowness to his feet and stood weakly upright, with legs sagging and head drooping. I fired a third time. That was the shot that did for him. You could see the agony of it jolt his whole body and knock the last remnant of strength from his legs. But in falling he seemed for a moment to rise, for as his hind legs collapsed beneath him he seemed to tower upward like a huge rock toppling, his trunk reaching skyward like a tree. He trumpeted, for the first and only time. And then down he came, his belly towards me, with a crash that seemed to shake the ground even where I lay.

I got up. The Burmans were already racing past me across the mud. It was obvious that the elephant would never rise again, but he was not dead. He was breathing very rhythmically with long rattling gasps, his great mound of a side painfully rising and falling. His mouth was wide open – I could see far down into caverns of pale pink throat. I waited a long time for him to die, but his breathing did not weaken. Finally I fired my two remaining shots into the spot where I thought his heart must be. The thick blood welled out of him like red velvet, but still he did not die. His body did not even jerk when the shots hit him, the tortured breathing continued without a pause. He was dying, very slowly and in great agony, but in some world remote from me where not even a bullet could damage him further. I felt that I had got to put an end to that dreadful noise. It seemed dreadful to see the great beast Lying there, powerless to move and yet powerless to die, and not even to be able to finish him. I sent back for my small rifle and poured shot after shot into his heart and down his throat. They seemed to make no impression. The tortured gasps continued as steadily as the ticking of a clock.

In the end I could not stand it any longer and went away. I heard later that it took him half an hour to die.

Traducción aquí, por ejemplo.

El ensayo es una maravilla. No sabemos si es completamente autobiográfico, pero parece razonable suponer que sí. Orwell cuenta que se vio obligado a disparar al animal (que había matado a un hombre en una subida de hormonas conocida como musth, pero que en ese momento no era peligroso) por su posición como oficial del Imperio: el sahib, el hombre blanco entre nativos, tiene siempre que mostrar autoridad, aunque esta vaya contra su propia voluntad. En sus palabras: at that age I was not squeamish about killing animals, but I had never shot an elephant and never wanted to. Parece que a día de hoy hay gente que no sólo está dispuesta a hacerlo sin que les obliguen, sino que paga, y mucho, por ello. Esperemos, por el bien del elefante, que al menos tengan mejor puntería que Orwell.

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París (I)

April 19, 2012

 

Esperando el autobús para ir al trabajo, por la mañana temprano. Hace ese frío que da sensación de aire limpio al respirar. El cielo está despejado, todavía con un toque de azul oscuro. La estación está cerca del aeropuerto de Orly; continuamente se ven aviones en el cielo. Dejan una estelas larguísimas, que tardan mucho en deshacerse. Por puro azar hay varias que se cruzan casi perpendicularmente, formando una especie de cuadrícula. Un avión la atraviesa en diagonal. Me recuerda a una ficha de damas moviéndose en el tablero.

 

Rajoy, peliculero

April 12, 2012

Rajoy y sus circunstacias son, últimamente, de lo más cinematográficas. Como presidente nuestro que es nos debe una explicación, aunque a estas alturas no está nada claro que nos la vaya a dar. Sus carreras por los pasillos del Senado tienen sin duda un toque marxista, algo así como un Groucho enmudecido, o quizás un Harpo agrouchado.

 

Rajoy y De Guindos actualizando su programa electoral tras las elecciones.

 

Los últimos acontecimientos nos sacan un poco de la comedia y nos llevan hacia una género con más acción: la Comisión Europea ha mandado a una misión (resulta que se dice así) encargada de supervisar las medidas del Gobierno. No tengo claro, sin embargo, qué argumento sería el adecuado. ¿Un western, con Rajoy de sheriff solitario ante una banda de forajidos? ¿Una de espías? ¿La resistencia francesa, aprovechando la participación de Alemania? ¿Una Guerra de las Galaxias, rebeldes contra el imperio, Aznar como viejo jedi en albornoz recordando días más felices?

Tampoco tengo claro cuánta gente iría a ver la película, caso de estrenarse en cines. Son días de austeridad, al fin y al cabo.

Aparcar en Marte (I)

April 9, 2012

 

Laboratorio de ciencia marciana

Tenemos  otro cacharro camino de Marte (tienen los americanos o tenemos los humanos, según se mire; además, otras agencias han contribuido con algunos instrumentos –incluida España- y yo soy muy de “lo importante es participar”, así que primera persona del plural al canto). La misión se llama Mars Science Laboratory (MSL), el robotico en cuestión se llama Curiosity, y es más grande, más moderno, más listo y hace más cosas que sus predecesores y primos pequeños, Spirit y Opportunity.

Es concretamente cinco veces más grande, algo así como un coche. Será capaz de moverse mejor por el planeta, de realizar análisis químicos de las rocas marcianas, de sacar mejores fotos, estudiar los gases y mil cosas más. Una filigrana. Hasta aquí lo bueno.

Lo malo es que pesa unos 900 kg, de los que 80 kg corresponden a instrumentos científicos. Subir una cosa de 900 kg al espacio es complejo, pero se ha hecho antes. Sacarla de la órbita terrestre y hacer que llegue a Marte (que parece que no, pero está lejos) tampoco es sencillo, pero basta con usar un cohete grande (y no hace falta acercarse siquiera al Saturn-V que se usó en los Apollo).

Lo de dejarlo delicadamente en la superficie marciana, en una pieza y listo para funcionar, eso sí que es nuevo. Es, de muy lejos, el objeto más grande que se ha mandado a Marte, y varios de esos objetos más pequeños cayeron con, digámoslo con eufemística delicadeza, menos gracia de la necesaria. Porque Marte es, básicamente, un sitio terrible para aparcar.

Gravedad y atmósfera

Cuando uno baja del espacio a un planeta, hay dos factores importantes a tener en cuenta. El primero es, obviamente, la gravedad; a más gravedad, mayor la aceleración, mayor la velocidad final y mayor la galleta. El segundo es la cantidad de atmósfera (respirable o no) que tenga el planeta: en una atmósfera densa habrá mucho rozamiento con los gases, lo que reducirá la velocidad de caída. De hecho si un objeto cae desde suficiente altura alcanza lo que se conoce como velocidad terminal, en la que la fuerza que ejerce la gravedad se equilibra con el rozamiento con la atmósfera.

Así que, resumiendo, lo que facilita las cosas es tener poca gravedad y mucha atmósfera (una atmósfera grande tiene otros problemas, como la posibilidad de que el susodicho rozamiento acabe por freírle a uno, pero esa es otra cuestión).

La Tierra tiene una gravedad que se podría considerar como alta (lo que a Júpiter probablemente le daría risa, pero ya se sabe que todo es relativo), pero tiene una atmósfera más que razonable; de ahí que el  Transbordador Espacial fuera capaz de aterrizar como un avión.

La Luna, al contrario, apenas tiene atmósfera, pero la gravedad es seis veces menos que en la Tierra. Es por eso que el Módulo Lunar de los Apollo pudo bajar usando cohetes, y luego subir de nuevo sin mayor problema.

Marte tiene lo peor de cada casa. La gravedad es un tercio de la terrestre, pero su atmósfera es una cien veces menor. Si se deja caer un ladrillo desde el espacio, la velocidad terminal cuando toca el suelo es supersónica (nota: supersónica en Marte, es decir, en su atmósfera; recordemos que la velocidad del sonido depende del medio). Los primeros objetos que lograron tocar la superficie marciana en 1971, enviados por la Unión Soviética (las sondas Marte 2 y 3) apenas lograron transmitir, y sufrieron muchos daños en el proceso. Los americanos tuvieron mucho más éxito en 1976 con el programa Viking; las dos sondas enviaron muchos más datos, incluyendo fotos en color. Este éxito hizo que todas las siguientes misiones de la NASA tuvieran que basarse, de forma bastante rígida, en lo que se conoce como la herencia Viking.

Hablando de los Viking, estuve en una exposición en un museo de Pasadena sobre arte y ciencia. Entre los objetos que se exponían, estaba una donación de JPL. Cuando la primera sonda empezó a transmitir los datos que darían lugar a la primera fotografía en color de Marte, los ingenieros encargados, demasiado impacientes para esperar a que la imagen se procesará como corresponde, hicieron una aproximación coloreando un gran trozo de papel con distintos matices de rojo, siguiendo la información que llegaba. El equivalente de la carrera espacial a las actividades infantiles dónde tienes que colorear un dibujo según el número que venga en cada trozo. Me hizo gracia imaginar a esos ingenieros, lápices Alpino en mano, intentando hacerse una idea de cómo es Marte.

Seres humanos altamente civilizados

April 5, 2012

As I write, highly civilized human beings are flying overhead, trying to kill me.

They do not feel any enmity against me as an individual, nor I against them. They are ‘only doing their duty’, as the saying goes. Most of them, I have no doubt, are kind-hearted law-abiding men who would never dream of committing murder in private life. On the other hand, if one of them succeeds in blowing me to pieces with a well-placed bomb, he will never sleep any the worse for it. He is serving his country, which has to power to absolve him from evil.

De esta inmejorable manera empieza The Lion and the Unicorn: Socialism and the English Genius, de George Orwell, un texto que podríamos denominar ensayo, pero que es en realidad un panfleto (término del que no rehuía el propio Orwell), en el que el autor llama a la revolución socialista en el Reino Unido como única manera posible de salir de su letargo y ganar la Segunda Guerra Mundial. Aunque el hombre no acertó al decir que la revolución era necesaria para ganar, hay que reconocer que la guerra no tenía la misma pinta antes de que Estados Unidos y la Unión Soviética se unieran a los Aliados.

El panfleto está recogido en Why I Write, un librito de Penguin books en su colección Great Ideas, que incluye cuatro ensayos breves, entre ellos A Hanging, donde Orwell recuerda una ejecución en la que tomó parte como policía imperial en Burma, y cómo no fue hasta que vio al prisionero esquivar un charco camino del cadalso, minutos antes de su muerte, que se dio cuenta de lo que de verdad supone la pena de muerte:

When I saw the prisioner step to avoid the puddle, I saw the mystery, the unspeakable wrongness , of cutting a life short when it is in full tide. This man was not dying, he was alive just as we were alive. All the organs of his body were working – bowels digesting food, skin renewing itself, nails growing, tissues forming- all toiling away in solemn foolery. His nails would still be growing when he stood on the drop, when he was falling through the air with a tenth of a second to live. His eyes saw the yellow gravel and the grey walls, and his brain still remembered, foresaw, reasoned- reasoned even about puddles. He and we were a party of men walking together, seeing, hearing, feeling, understanding the same world; and in two minutes, with a sudden snap, one of us would be gone- one mind less, one world less.

En el ensayo que da título al libro, de apenas unas pocas páginas, Orwell enumera  las cuatro posibles razones que llevan a alguien a escribir: egoísmo y afán de gloria y dinero; entusiasmo estético; impulso histórico y documental; y por razones políticas (nota: como bien dice el autor, escribir sin afán político es una opción política, es decir, nadie se libra). Orwell recuerda cómo su motivación, como la de cualquier otro escritor, ha cambiado con el tiempo, hasta estar dominada por la política, pero siempre con elementos de los otros tres motivos presentes:

But I could not do the work of writing a book, or even a long magazine article, if it were not also an aesthetic experience. Anyone who cares to examine my work will see that when it is downright propaganda it contains much that a full-time politician would consider irrelevant.

Los breves fragmentos que he copiado antes son un claro ejemplo; en particular, me cuesta describir la admiración que me produce la belleza y precisión de la línea que abre esta entrada. Recordar el cuidado que Orwell ponía en el aspecto puramente literario hace especialmente cansina la lectura de Sus crisis, nuestras soluciones, de Susan George, del que aún no llevo suficientes páginas como para opinar sobre el contenido (aunque me parece que le sobran opiniones y le faltan datos), pero sí para decir que está terriblemente escrito, o traducido, o ambos. Aún así sigo leyendo: toda ayuda es poca para entender la locura financiera en la que andamos metidos, y que nos ha llevado a años de poda casi indiscriminada de conquistas que pensábamos intocables.

La mala salud de hierro de Orwell le falla finalmente el 21 de enero de 1950, a los 46 años. Sin embargo, como decía Christopher Hitchens, Orwell aún es relevante.  Aunque sea un ejercicio estéril, es difícil no preguntarse qué habría pensado sobre las consecuencias de esta crisis en la que estamos empantanados, al igual que sobre otros eventos que, de una forma u otra, están relacionados con su obra: la relación entre India y Pakistán, la Guerra Fría, la caída de la Unión Soviética o la materialización casi perfecta de lo predicho en 1984 en Corea del Norte. En muchos casos no es difícil tener una idea aproximada de qué hubiera opinado. Orwell es uno de esos autores que dejaron sus ideales claros no sólo en sus escritos, sino también en su biografía: puedes no estar de acuerdo con alguien que sobrevivió a un tiro en el cuello en la Guerra Civil Española, pero desde luego no puedes confundirlo con un izquierdista de salón.

Mucho más que Orwell ha vivido Lise London, que murió el 31 de marzo en París, a los 96 años. Fue la última superviviente de las brigadas internacionales (nótese el femenino: hombres aún quedan unos pocos). Gente diversa que, como Orwell, no sólo entendieron que derrotar al fascismo en España era una pieza clave para la lucha contra el fascismo en el resto de Europa, sino que decidieron actuar al respecto.

Hace años, probablemente más de diez, mi madre nos llevó a mi hermana y a mí a un homenaje en Sevilla al que asistieron varios brigadistas. Fue un acto emotivo, emocionante, lleno de cariño y gratitud. Recuerdo a mi madre preguntándose cómo habrá sido para esa gente el hecho de mantener la fe en sus ideales tras tantas decepciones y sacrificios, que en el caso de Lise London y especialmente su marido, Artur, incluyen no sólo la derrota en la Guerra Civil sino también el encarcelamiento y tortura a manos de los nazis y en las purgas estalinistas. Ahora, igual que con Orwell, habría que añadir la pregunta de qué hubieran pensado, qué piensan los que aún están vivos, viendo como el país que defendieron de un golpe de estado con fusiles se automutila para evitar lo que eufemísticamente llamamos una intervención, ese golpe de estado sin fusiles llevado a cabo por seres humanos altamente civilizados que sólo hacen su trabajo, absueltos de todos sus pecados por los mercados.

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April 3, 2012

– ¿Y de qué escribe uno tras un año de no escribir?

– Pues de cualquier cosa, que tampoco eres García Márquez.

– Hombre, así mirado…

– ¿Y cómo lo vas a mirar si no?

– Ya, ya…

 

 

Queridos tres lectores: no prometemos regularidad, pero prometemos intentarlo.

O intentar intentarlo, al menos.

Algo así.