Seres humanos altamente civilizados

As I write, highly civilized human beings are flying overhead, trying to kill me.

They do not feel any enmity against me as an individual, nor I against them. They are ‘only doing their duty’, as the saying goes. Most of them, I have no doubt, are kind-hearted law-abiding men who would never dream of committing murder in private life. On the other hand, if one of them succeeds in blowing me to pieces with a well-placed bomb, he will never sleep any the worse for it. He is serving his country, which has to power to absolve him from evil.

De esta inmejorable manera empieza The Lion and the Unicorn: Socialism and the English Genius, de George Orwell, un texto que podríamos denominar ensayo, pero que es en realidad un panfleto (término del que no rehuía el propio Orwell), en el que el autor llama a la revolución socialista en el Reino Unido como única manera posible de salir de su letargo y ganar la Segunda Guerra Mundial. Aunque el hombre no acertó al decir que la revolución era necesaria para ganar, hay que reconocer que la guerra no tenía la misma pinta antes de que Estados Unidos y la Unión Soviética se unieran a los Aliados.

El panfleto está recogido en Why I Write, un librito de Penguin books en su colección Great Ideas, que incluye cuatro ensayos breves, entre ellos A Hanging, donde Orwell recuerda una ejecución en la que tomó parte como policía imperial en Burma, y cómo no fue hasta que vio al prisionero esquivar un charco camino del cadalso, minutos antes de su muerte, que se dio cuenta de lo que de verdad supone la pena de muerte:

When I saw the prisioner step to avoid the puddle, I saw the mystery, the unspeakable wrongness , of cutting a life short when it is in full tide. This man was not dying, he was alive just as we were alive. All the organs of his body were working – bowels digesting food, skin renewing itself, nails growing, tissues forming- all toiling away in solemn foolery. His nails would still be growing when he stood on the drop, when he was falling through the air with a tenth of a second to live. His eyes saw the yellow gravel and the grey walls, and his brain still remembered, foresaw, reasoned- reasoned even about puddles. He and we were a party of men walking together, seeing, hearing, feeling, understanding the same world; and in two minutes, with a sudden snap, one of us would be gone- one mind less, one world less.

En el ensayo que da título al libro, de apenas unas pocas páginas, Orwell enumera  las cuatro posibles razones que llevan a alguien a escribir: egoísmo y afán de gloria y dinero; entusiasmo estético; impulso histórico y documental; y por razones políticas (nota: como bien dice el autor, escribir sin afán político es una opción política, es decir, nadie se libra). Orwell recuerda cómo su motivación, como la de cualquier otro escritor, ha cambiado con el tiempo, hasta estar dominada por la política, pero siempre con elementos de los otros tres motivos presentes:

But I could not do the work of writing a book, or even a long magazine article, if it were not also an aesthetic experience. Anyone who cares to examine my work will see that when it is downright propaganda it contains much that a full-time politician would consider irrelevant.

Los breves fragmentos que he copiado antes son un claro ejemplo; en particular, me cuesta describir la admiración que me produce la belleza y precisión de la línea que abre esta entrada. Recordar el cuidado que Orwell ponía en el aspecto puramente literario hace especialmente cansina la lectura de Sus crisis, nuestras soluciones, de Susan George, del que aún no llevo suficientes páginas como para opinar sobre el contenido (aunque me parece que le sobran opiniones y le faltan datos), pero sí para decir que está terriblemente escrito, o traducido, o ambos. Aún así sigo leyendo: toda ayuda es poca para entender la locura financiera en la que andamos metidos, y que nos ha llevado a años de poda casi indiscriminada de conquistas que pensábamos intocables.

La mala salud de hierro de Orwell le falla finalmente el 21 de enero de 1950, a los 46 años. Sin embargo, como decía Christopher Hitchens, Orwell aún es relevante.  Aunque sea un ejercicio estéril, es difícil no preguntarse qué habría pensado sobre las consecuencias de esta crisis en la que estamos empantanados, al igual que sobre otros eventos que, de una forma u otra, están relacionados con su obra: la relación entre India y Pakistán, la Guerra Fría, la caída de la Unión Soviética o la materialización casi perfecta de lo predicho en 1984 en Corea del Norte. En muchos casos no es difícil tener una idea aproximada de qué hubiera opinado. Orwell es uno de esos autores que dejaron sus ideales claros no sólo en sus escritos, sino también en su biografía: puedes no estar de acuerdo con alguien que sobrevivió a un tiro en el cuello en la Guerra Civil Española, pero desde luego no puedes confundirlo con un izquierdista de salón.

Mucho más que Orwell ha vivido Lise London, que murió el 31 de marzo en París, a los 96 años. Fue la última superviviente de las brigadas internacionales (nótese el femenino: hombres aún quedan unos pocos). Gente diversa que, como Orwell, no sólo entendieron que derrotar al fascismo en España era una pieza clave para la lucha contra el fascismo en el resto de Europa, sino que decidieron actuar al respecto.

Hace años, probablemente más de diez, mi madre nos llevó a mi hermana y a mí a un homenaje en Sevilla al que asistieron varios brigadistas. Fue un acto emotivo, emocionante, lleno de cariño y gratitud. Recuerdo a mi madre preguntándose cómo habrá sido para esa gente el hecho de mantener la fe en sus ideales tras tantas decepciones y sacrificios, que en el caso de Lise London y especialmente su marido, Artur, incluyen no sólo la derrota en la Guerra Civil sino también el encarcelamiento y tortura a manos de los nazis y en las purgas estalinistas. Ahora, igual que con Orwell, habría que añadir la pregunta de qué hubieran pensado, qué piensan los que aún están vivos, viendo como el país que defendieron de un golpe de estado con fusiles se automutila para evitar lo que eufemísticamente llamamos una intervención, ese golpe de estado sin fusiles llevado a cabo por seres humanos altamente civilizados que sólo hacen su trabajo, absueltos de todos sus pecados por los mercados.

One Response to “Seres humanos altamente civilizados”

  1. Goethita Says:

    ¡Oh! Muy bonito y muy triste.

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