Aparcar en Marte (I)

 

Laboratorio de ciencia marciana

Tenemos  otro cacharro camino de Marte (tienen los americanos o tenemos los humanos, según se mire; además, otras agencias han contribuido con algunos instrumentos –incluida España- y yo soy muy de “lo importante es participar”, así que primera persona del plural al canto). La misión se llama Mars Science Laboratory (MSL), el robotico en cuestión se llama Curiosity, y es más grande, más moderno, más listo y hace más cosas que sus predecesores y primos pequeños, Spirit y Opportunity.

Es concretamente cinco veces más grande, algo así como un coche. Será capaz de moverse mejor por el planeta, de realizar análisis químicos de las rocas marcianas, de sacar mejores fotos, estudiar los gases y mil cosas más. Una filigrana. Hasta aquí lo bueno.

Lo malo es que pesa unos 900 kg, de los que 80 kg corresponden a instrumentos científicos. Subir una cosa de 900 kg al espacio es complejo, pero se ha hecho antes. Sacarla de la órbita terrestre y hacer que llegue a Marte (que parece que no, pero está lejos) tampoco es sencillo, pero basta con usar un cohete grande (y no hace falta acercarse siquiera al Saturn-V que se usó en los Apollo).

Lo de dejarlo delicadamente en la superficie marciana, en una pieza y listo para funcionar, eso sí que es nuevo. Es, de muy lejos, el objeto más grande que se ha mandado a Marte, y varios de esos objetos más pequeños cayeron con, digámoslo con eufemística delicadeza, menos gracia de la necesaria. Porque Marte es, básicamente, un sitio terrible para aparcar.

Gravedad y atmósfera

Cuando uno baja del espacio a un planeta, hay dos factores importantes a tener en cuenta. El primero es, obviamente, la gravedad; a más gravedad, mayor la aceleración, mayor la velocidad final y mayor la galleta. El segundo es la cantidad de atmósfera (respirable o no) que tenga el planeta: en una atmósfera densa habrá mucho rozamiento con los gases, lo que reducirá la velocidad de caída. De hecho si un objeto cae desde suficiente altura alcanza lo que se conoce como velocidad terminal, en la que la fuerza que ejerce la gravedad se equilibra con el rozamiento con la atmósfera.

Así que, resumiendo, lo que facilita las cosas es tener poca gravedad y mucha atmósfera (una atmósfera grande tiene otros problemas, como la posibilidad de que el susodicho rozamiento acabe por freírle a uno, pero esa es otra cuestión).

La Tierra tiene una gravedad que se podría considerar como alta (lo que a Júpiter probablemente le daría risa, pero ya se sabe que todo es relativo), pero tiene una atmósfera más que razonable; de ahí que el  Transbordador Espacial fuera capaz de aterrizar como un avión.

La Luna, al contrario, apenas tiene atmósfera, pero la gravedad es seis veces menos que en la Tierra. Es por eso que el Módulo Lunar de los Apollo pudo bajar usando cohetes, y luego subir de nuevo sin mayor problema.

Marte tiene lo peor de cada casa. La gravedad es un tercio de la terrestre, pero su atmósfera es una cien veces menor. Si se deja caer un ladrillo desde el espacio, la velocidad terminal cuando toca el suelo es supersónica (nota: supersónica en Marte, es decir, en su atmósfera; recordemos que la velocidad del sonido depende del medio). Los primeros objetos que lograron tocar la superficie marciana en 1971, enviados por la Unión Soviética (las sondas Marte 2 y 3) apenas lograron transmitir, y sufrieron muchos daños en el proceso. Los americanos tuvieron mucho más éxito en 1976 con el programa Viking; las dos sondas enviaron muchos más datos, incluyendo fotos en color. Este éxito hizo que todas las siguientes misiones de la NASA tuvieran que basarse, de forma bastante rígida, en lo que se conoce como la herencia Viking.

Hablando de los Viking, estuve en una exposición en un museo de Pasadena sobre arte y ciencia. Entre los objetos que se exponían, estaba una donación de JPL. Cuando la primera sonda empezó a transmitir los datos que darían lugar a la primera fotografía en color de Marte, los ingenieros encargados, demasiado impacientes para esperar a que la imagen se procesará como corresponde, hicieron una aproximación coloreando un gran trozo de papel con distintos matices de rojo, siguiendo la información que llegaba. El equivalente de la carrera espacial a las actividades infantiles dónde tienes que colorear un dibujo según el número que venga en cada trozo. Me hizo gracia imaginar a esos ingenieros, lápices Alpino en mano, intentando hacerse una idea de cómo es Marte.

One Response to “Aparcar en Marte (I)”

  1. Aparcar en Marte (II) « como el agua en el agua Says:

    […] Decíamos, ejem, ayer… […]

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