Niños

Fairytales are more than true: not because they tell us that dragons exist, but because they tell us that dragons can be beaten.

G. K. Chesterton.

Leído en Coraline, de Neil Gaiman

Maurice Sendak murió el 8 de mayo de 2012, a los 83 años. Aunque no muy conocido en España, era un autor de libros infantiles venerado en Estados Unidos, especialmente por su libro más famoso, Where the wild things are, adaptado al cine hace unos años.

Stephen Colbert emitió en homenaje partes inéditas de una entrevista con Sandek, incluyendo un fragmento en el que le preguntaba por cuál es su libro favorito de entre todos los que ha publicado. Eligió dos: Outside over there, en el que una niña tiene que salvar a su hermana pequeña de los goblins que lo han secuestrado, y Higglety Pigglety Pop!, donde un perro comprende su incapacidad para triunfar en la vida y acaba muriendo alejado de su amo. Los libros de Sendak son oscuros, tristes y tratan temas complicados. Muchos han tenido una vida comercial difícil, otros como Where the wild things are fueron inicialmente prohibidos en bibliotecas infantiles, y sin embargo en Estados Unidos son ahora clásicos absolutos.

A. O. Scott comienza su reseña de la película Coraline en The New York Times diciendo que la película tiene escenas que pueden asustar a los niños, y que esto no es una advertencia, sino una recomendación: pasar un poco de miedo en el cine puede ser una cosa estupenda para un niño. Gaiman cuenta en el prólogo de la novela que la escribió en parte por la dificultad de encontrar libros de miedo para su hija pequeña (good Gothic horror for little girls, en sus palabras), un género que él disfrutó de niño y que entonces parecía extinto.

La sobreprotección a los niños empezó por lo físico, siguió por los esfuerzos para hacerlos más listos desde el embarazo casi (ahí están los Baby Einstein y otros productos similares, con Japón como exponente máximo), y estamos ahora centrados en evitar que se traumaticen: no le riña a mi niño, que lo que le pasa es que es hiperactivo. Conozco un par de casos de gente diagnosticada (de verdad) con hiperactividad y déficit de atención; aún medicados son dignos de verse, no me quiero imaginar sin las pastillas. En el 99% restante de los casos, lo que le falta a su niño es que le dé una voz de vez en cuando.

Ahora los médicos recomiendan un poco menos de higiene, entre otras cosas para evitar alergias. Algún día recomendarán un poco menos de higiene mental, pero para entonces nos habremos tenido que tragar más de una insensatez. La última: los deberes son antipedagógicos y crean diferencias sociales. El movimiento ha empezado en Francia, pero desde España no hemos tardado en sumarnos. Copiarles el laicismo, el civismo, el republicanismo, la responsabilidad social o la inversión en educación e investigación, eso no, pero para las chorradas nos falta tiempo.

No seré yo el que niegue que los temarios deberían evolucionar; que siendo las matemáticas una materia fundamental, quizás para la vida moderna (no sólo laboral) convendría más saber de estadística que de grupos abelianos (cosa que no he vuelto a ver hasta prácticamente el doctorado); que muchas veces los deberes son repetitivos y no se aprende casi nada. Pero pasar de ahí a decir que son malos malísimos y que en vez de mejorarlos lo que hay que hacer es quitarlos hay un trecho.

Aunque quizás no de forma tan explícita, estas filosofías llevan tiempo presentes. Conozco a un niño de seis años que lee perfectamente desde hace tiempo, pero que es de los pocos en su clase: su maestra cree que en preescolar los niños tienen que jugar, y que cuando lleguen a primaria prácticamente romperán a leer, de forma espontánea. Los maestros de primaria, en cambio, están esperándoles con libros llenos de letras y un temario que dar, y que se van a tener que meter por allí mismo. Y no, parece que no es un caso aislado.

Hace unos diez años estaba yo sentado en una clase de segundo de ingenieros cuando un profesor le riñó a un alumno por estar haciendo el canelo (sus palabras, bastante acertadas, por cierto). El hombre fue (como casi siempre) algo brusco, pero como en el fondo es un buen tipo, de los que se preocupan por el alumnado (que en ingenieros, al menos entonces, no eran todos, sino más bien al contrario), se disculpó casi enseguida, y añadió que bueno, que tampoco pasaba nada por reñirle a alguien en clase, se le dice que deje de hacer el canelo y ya está, sin que se traumatice nadie (al alumno le faltó tiempo para darle la razón: hacedor de canelos, puede; suicida, no). El profesor remató diciendo que estaba harto de cómo ahora a los alumnos no se nos pudiera decir nada a riesgo de traumatizarnos, porque las autoridades educativas nos trataban como a una puta panda de mariconas histéricas. Cito de memoria, pero creo que con fidelidad; hay cosas que no se olvidan.

Sospecho que a todos los que estábamos en esa clase nos habían puesto deberes en el colegio. No sé cuándo se jubila, pero si le quedan unos diez años más y le toca disfrutar de la próxima generación, va a ser para oírlo.

2 Responses to “Niños”

  1. Lenteja Says:

    Muy de acuerdo con todo. Los deberes sirven para crear una disciplina de trabajo en los niños, que a mi parecer es importante.

    El asunto de las alergias y la higiene es completamente verdad. Hasta he llegado a pensar en que la gente que se obsesiona por la higiene acaba somatizando las alergias. Muy raro.

    Yo también tuve un profesor de esos, le tocaba dar clase a primera hora y odiaba que la gente llegara tarde (diez minutos?). Una vez le dijo a una chica que se fuera de tal manera que se fue llorando. No digo más.

  2. Paz Says:

    Soy madre de dos niñas y no sabes lo que reconforta leer esta entrada. ¡Qué alivio!🙂

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