Haywire y el sector público

Haywire es, según donde viva uno, la última o penúltima película de Steven Soderbergh. El argumento se puede explicar de diferentes maneras, según el nivel de detalle deseado:

Poco detalle: Gina Carano le parte la cara a (casi) todo el mundo.

Más detalle: Mallory Kane (la susodicha Gina Carano) trabaja para una agencia privada que hace “operaciones” para el gobierno americano. En una de esas misiones se ve traicionada, con media agencia buscándola para matarla, así que se ve obligada a partirle la cara a (casi) todo el mundo.

Aún más detalle: Haywire es una película de acción realista (léase, acción a lo Bourne, como por ejemplo las últimas de James Bond), con su poquito de intriga palaciega, traición y espionaje, pero más centrada en la acción que en otra cosa. La película no va a quedar para la historia, pero Soderbergh es un gran director, estiloso y camaleónico a un tiempo, y logra que la cosa quede la mar de digna. Destaca, como es normal en él, el reparto: Ewan McGregor, Michael Fassbender, Michael Douglas, Antonio Banderas, Bill Paxton, Channing Tatum… Y sin embargo, cojea por culpa de una pieza clave: igual que fichó a la actriz porno Sasha Grey como protagonista de The boyfriend experience, aquí cuenta con Gina Carano, que en su caso viene del mundo de la lucha. Las dos son más bien cortitas como actrices, pero mientras que Grey tenía la ventaja de que su personaje era un poco acartonado (y es difícil distinguir a una mala actriz de una buena actriz interpretando a un personaje inexpresivo), el personaje de Carano las está pasando putas durante la película, y a veces se agradecería un poco menos de cara de palo. Aún así hay que reconocerle que es guapa, tiene cierto carisma, la cámara la quiere y se le da estupendamente lo de partirle la cara a (casi) todo el mundo, que es de lo que va la cosa.

Procedo ahora a reventar parte de la película, lo cual no creo que le reste mucho atractivo, pero siempre está bonito avisar.

Michael Douglas es el agente Coblenz, miembro de una agencia gubernamental que contrata a la empresa de Kenneth (Ewan McGregor), en la que trabaja Kane. Es Kenneth, junto con Rodrigo (Antonio Banderas), un contacto español, el que traiciona a Kane y, de paso, a Coblenz, que contra todo pronóstico ni es mal tipo ni está en el ajo.

En una escena al final de la película Coblenz se reúne con Kane y tras un intercambio de información sobre el caso le ofrece un trabajo en el gobierno. En sus palabras, la paga es peor, hay que pagar más impuestos, pero es un trabajo honrado donde estas cosas no pasan. De hecho, según él, el problema de tratar con empresas privadas para menesteres de seguridad nacional es que luego no rinden cuentas, los marrones se quedan por limpiar y si te he visto no me acuerdo. Kane le dice que le responderá cuando acabe de partir caras, que aún le quedan un par de ellas en la lista.

Este minutito escaso de diálogo, en una película de gente pegándose galletas, es la defensa más clara del sector público que he visto en el cine desde que empezó la cosa esta que llamamos crisis.

No es una defensa encarnizada, las cosas como son, pero es una defensa al fin y al cabo, especialmente sorprendente en un género que tiende al vigilantismo individualista y en el que muchas veces el papel de las agencias gubernamentales (ya sea la policía, la CIA o el FBI) es la de parecer anquilosadas, poco ágiles y básicamente ineficaces, con la excepción del agente rebelde e impulsivo que salva el día saltándose las órdenes de su inútil (o directamente corrupto) jefe.

Y eso que, en este caso, Coblenz podría ser acusado de lo mismo. Al fin y al cabo es él el que ha contratado a una empresa que le ha salido rana, y su manera de arreglar las cosas básicamente consiste en dejar que Kane parta caras y averigüe por qué tiene que andar partiéndolas. Y sin embargo si algo se enfatiza es lo contrario, es decir, el cómo trabajar en el gobierno es la mejor opción para Kane.

De nuevo: no está claro que a un par de minutos de diálogo se le pueda llamar enfatizar, pero tampoco es que la película tenga mucho diálogo.

Haywire se rodó en 2010, y empezó a desarrollarse en 2009. Dados los tiempos que maneja Hollywood, es muy posible que se escribiera al menos un año antes, puede que más. No sé si Soderbergh o Lem Dobbs (el guionista) tenían en mente la crisis, aunque tampoco es estrictamente necesario: el sector público siempre ha estado muy atacado en Estados Unidos (uno de los principales mantras del Partido Republicano es que la empresa privada siempre puede hacerlo mejor), y desde la irrupción del Tea Party la cosa se ha disparado.

Llegarán películas más sesudas centradas en analizar cómo se está usando esto que llamamos crisis para convencernos de que lo público es un lujo, el capricho inútil de una sociedad irresponsable, y en defender el papel de los bomberos, profesores, policías, médicos y demás gentes de (según nos cuentan hoy) mal y derrochador vivir. Mientras tanto, ahí quedan esas cinco o seis líneas de diálogo de Michael Douglas en una película en la que es de los pocos que se salvan de que Gina Carano le parta la cara.

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