The Eagle has landed

De vez en cuando pasa algo que une a la humanidad, aunque sea momentaneamente. Suele ser una tragedia, ya sea un atentado, una catástrofe de la naturaleza, o un accidente. Muy de vez en cuando es por un motivo más alegre.

El 20 de julio de 1969, tras tres días de viaje, Neil Armstrong pilotó el Módulo Lunar del Apollo 11 hasta el Mar de la Tranquilidad, se puso el traje, salió de la nave, y puso el pie en el suelo de la Luna.

Y así sin más, la humanidad había logrado vencer a la gravedad, salir de la órbita terrestre y caminar sobre otro cuerpo celeste.

Hace ya cinco años fui con varios compañeros de clase, todos flipados del tema espacial, a ver In the Shadow of the Moon, un documental que cuenta la historia del programa Apollo a base de entrevistas con diez de los astronautas que la pisaron o que, en el caso de Jim Lovell en el Apollo 13, debieron haberla pisado. Hablan del accidente que costó la vida a tres astronautas, del entrenamiento, de cómo se sintieron al librarse de servir en Vietnam, de la responsabilidad, del orgullo, de lo que supone la Luna para ellos, de su experiencia. Una maravilla de película.

Hay varios momentos que me pusieron los pelos como para colgar un cuadro…

También hablan mucho de Neil Armstrong, que como era normal en él, no aparece. Cuentan la historia que quizás le define mejor, la del  día en que tras salvarse de morir en un accidente por apenas segundos, eyectándose de un prototipo a punto de explotar, se fue directamente a la oficina, porque tenía que acabar el papeleo. Hablan de su sangre fría, de su calma, de cómo era la opción perfecta para ser el primer hombre en la Luna, y de cómo su decisión de prácticamente desaparecer de la vida pública ayudó a darle un aire de misterio. Un héroe de leyenda que se retira cuando su misión ha acabado.

El documental está en Youtube partido en diez partes, la primera aquí:

Armstrong ha muerto en una época en la que Estados Unidos no tiene forma de enviar astronautas al espacio, en la que ningún país tiene los medios para sacarlos de la órbita terrestre, y en la que no parece que las cosas vayan a cambiar mucho próximamente.

Lo de explorar el espacio con sondas y robots está muy bien, y prueba de ello es la polvadera mediática que ha levantado Curiosity, pero sigue sin compararse con lo que supone un programa espacial tripulado. No es una discusión sobre la cantidad o calidad de la ciencia que se consigue, sino con su capacidad para inspirarnos: la gran mayoría de la gente de la NASA que conozco cuentan que si están ahí es en gran parte por haber visto el programa Apollo en televisión cuando eran niños, que crecer en ese ambiente hizo que la decisión fuera obvia.

Me cuesta imaginar lo que supuso en su día el ver como una persona caminaba sobre un mundo nuevo, la culminación de uno de los proyectos más ambiciosos y gloriosos en la historia de la humanidad.

Y como bien muestra xkcd, llevamos demasiado tiempo sin hacerlo:

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