Anécdotas y datos

Antes del primer debate presidencial de las elecciones estadounidenses, y para minimizar el efecto de la posible derrota, ambos partidos se dedicaron a anunciar que el otro iba a ganar, y que aguantar el tipo ya constitutía una victoria. Al final resultó que los demócratas llevaban razón.

Tras prácticamente un año convertido en un robot sin empatía, sin ideología clara, sin mensaje y casi sin capacidades verbales básicas, Romney resucitó de sus cenizas y ofreció su mejor cara en años. A Obama, en cambio, se le vio titubeante, poco preparado, enfangado en respuestas largas y tortuosas. Da igual que Romney siguiera sin dar muchos detalles sobre sus planes (por ejemplo, con qué método mágico pretende bajar los impuestos sin recortar el gasto social y aumentando el militar más de lo que pide el Pentágono), y que gran parte de lo que dijo fuera de una exactitud, digamos, dudosa: fue más claro, más comercial, más carismático, fue incluso gracioso (gran novedad), y ganó el debate por goleada. Visto el cambio con respecto al último año parecía, francamente, una de esas películas en las que dos personas cambian de cuerpo.

Si hubiera sido al revés no hubiera faltado algún pirado con programa de radio acusando a Obama de hacer vudú keniata socialista.


Por mucho que se ponga como ejemplo el de Nixon y Kennedy, es raro que los debates tengan influencia tangible en las elecciones, pero como Romney pegó un notable subidón en las encuestas tras el debate, de repente los debates se han vuelto parte fundamental de estas elecciones, incluyendo el debate vicepresidencial, cuya importancia es tradicionalmente entre mínima e inexistente. En este caso tenemos a Paul Ryan, niño bonito del Tea Party, joven, carismático y supuestamente hábil con los números y los detalles (por más que no se vieran durante la Convención Republicana), frente a Joe Biden, un dinosaurio de la política, con pinta de abuelete simpático y apacible, y con fama de cagarla (con gracia, pero cagarla al fin y al cabo) cada vez que habla.

Y de nuevo contra pronóstico, Biden parecía otro: relajado, sonriente y seguro de sí mismo, pero también preciso, rápido y con una agresividad insospechada, cortando la mayoría de los argumentos de Ryan. De nuevo como en una película, en este caso una especie de señor Miyagi que resulta ser un maestro de las artes marciales tras años disimulando.

El debate en general fue inusualmente agresivo y combativo (en parte porque los candidatos a vicepresidente pueden permitirse unas libertades que los presidenciales no pueden), y no han faltado críticas al estilo de Biden, especialmente a su forma de atacar, ridiculizar e incluso interrumpir los argumentos de Ryan que consideraba incorrectos. Christopher Hitchens veía claras diferencias entre los estilos de debate parlamentario británico y americano: mientras que en los primeros se busca ganar, usar la retórica para desmontar los argumentos ajenos y mostrar la superioridad de los propios, en el Congreso y el Senado americano la cosa se limita a exponer la opinión propia, por turnos, y al final legislar buscar algún tipo de consenso, normalmente en negociaciones a puerta cerrada. Se ataca un poco el discurso ajeno, pero casi por compromiso. El sistema tiene sus ventajas, pero en estos días de polarización extrema en lo político casi pesan más los inconvenientes: no se llega a ningún consenso, pero tampoco se hace un esfuerzo serio por desmontar las (cada vez más frecuentes) verdades forzadas (por no decir mentiras) ajenas. Es esta tradición la que Biden se ha saltado a la torera, interrumpiendo a Ryan todo lo que ha querido y más. Yo, en este caso, no me opongo mucho: es cierto que interrumpir un argumento en un debate está feo, pero si el argumento empieza con una mentira, y se sustenta sobre ella, francamente, nos podemos ahorrar el resto.

Y sin embargo, para mi gusto, Biden perdió la oportunidad perfecta para desmontar uno de los mayores vicios de la política hoy día, especialmente por parte del Tea Party y otras ideologías a favor de reducir el gobierno, y que es el confundir anécdotas con datos.

En el minuto 25, Ryan menciona como Romney ayudó a una familia, miembros de su templo, que sufrieron un trágico accidente de tráfico, pagando entre otras cosas la universidad de sus hijos. El argumento es, se supone, un ejemplo de cómo Romney se preocupa por los individuos, y de cómo dona muchísimo dinero cada año, y de cómo esas donaciones permiten que quien lo necesite se recupere de una tragedia. Biden se limitó a señalar que no duda de que Romney se interesa por los individuos, a recordar que él entiende lo que se sufre con un accidente de coche (su mujer y su hija murieron en uno), pero luego cambió de tema, atacando la opinión de Romney acerca de la industria automovilística.

El argumento esencial, que Biden no usó, es este: no todo el mundo tiene un millionario generoso en su iglesia. La sociedad debería garantizar que todo el mundo pueda recuperarse de una tragedia, que todo el mundo pueda garantizar que sus hijos vayan a la universidad, que todo el mundo pueda costearse una sanidad decente. El hecho de que haya una familia cuya vida mejora gracias a la interveción directa de Mitt Romney no quiere decir que, como sociedad, podamos confiar en que todas las familias vayan a tener un Romney que les ayude.

Más breve: las anécdotas no son datos.

No es un hecho aislado. Otro ejemplo reciente: el senador Rand Paul, hijo del también senador y campeón libertario Ron Paul, ha publicado hace poco un libro, Government Bulllies, con ejemplos de leyes que acabaron teniendo efectos opuestos a los deseados, con la conclusión, según él clara, de que hay que recortar el gobierno. En una entrevista Jon Stewart le decía que lo mismo que se podían buscar esos ejemplos podían buscarse otros donde el gobierno queda como héroe, o el libre mercado como villano, o cualquier combinación, y que a lo mejor había que centrarse en un gobierno más eficiente, y no en menos gobierno. Paul esquivó el argumento con más resolución que gracia.

Y así van estas elecciones, con Obama y Romney contando historias de tal y cual pequeño empresario con el que hablaron en tal y cual estado, y al que tal y cual medida del gobierno le ha salvado la vida o se la ha hundido, según quien cuente la historia (ejercicio: averigüe el astuto lector qué caso suele contar qué candidato). Es comprensible añadir un poco de toque humano aquí y allá, una historia que añada algo de color, un ejemplo curioso o memorable, para así vender mejor un argumento. El problema es cuando, después de la anécdota, no hay nada más. Por eso fue tan sorprendente el discurso de Bill Clinton en la Convención Demócrata, casi una hora plagada de datos, porcentajes, números y sustancia en general.

Siempre ha sido difícil conciliar los datos que aporta cada partido, expertos a estas alturas en buscar la mejor forma de presentar una estadística o un índice, pero mucho peor es que ahora ni siquiera haga falta, porque las campañas se basan cada vez más en ideologías adornadas por historias a cada cual más simplista y sentimentaloide.

One Response to “Anécdotas y datos”

  1. Lenteja Says:

    A ver qué pasa con el voto femenino. Por una parte parece que Romney convencía por el lado económico pero ayer vi un video de Scarlett Johansson recordando que las facilidades para abortar las da sólo Obama.

    Con respecto a las anécdotas, recuerdo el discurso de Michelle Obama hace un par de semanas y fue una detrás de otra aparte de pura moral, con la que puedes estar o no de acuerdo.

    Después de ver The Wire ya no sé si todo esto es realidad o ficción. : )

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