Archive for the ‘Batallitas’ Category

Puntos experimentales

August 22, 2012

Hotel en Graz, Austria. La llave de la habitación viene con un llavero que podría ser usado como rueda de molino. La recepcionista sugiere que la deje en recepción, que está siempre abierta, así que eso hago.

Voy a cenar a un restaurante griego, con españoles trabajando en Graz y un griego que viene conmigo desde París, y que identifica a la camarera del restaurante, por el acento, como griega de segunda generación, es decir, nacida ya en Austria.

A la hora de pagar viene, como es normal, con un recibo para toda la mesa. Le explicamos que a los dos que venimos para el congreso nos hace falta una factura individualizada, para que nos devuelvan los gastos. Nos dice que sin problema, que paguemos juntos pero que ahora nos hace facturas para cada uno. Añade que, si queremos, puede poner más de lo que pagamos.

Recordemos que no nos conoce de nada, y que no debería tener especial interés en lograr que estafemos unos pocos euros con los reembolsos.

Vuelvo al hotel y pido la llave de la habitación 216. Me la dan sin más, sin preguntarme siquiera el nombre. Dentro de mí una voz, heredera del Lazarillo y del tito Vázquez, se pone a gritar como una loca: “¡pero si es otra recepcionista! ¡si no te conoce! ¡le dan la llave a cualquiera aquí o qué! ¡que tienes el ordenador arriba!”. Al menos no sugiere que pida llaves ajenas…

Cuando se lo comento a mi colega, el que trabaja allí, dice que ni siquiera se les pasa por la cabeza que puedas intentar robar. Que si te vas de una tienda sin pagar algo, probablemente su primera hipótesis es que se te ha olvidado.

Está feo generalizar con dos puntos experimentales, así que no lo voy a hacer.

Pero bueno, ahí quedan los dos puntos experimentales, por si alguien anda juntando.

Desolación

August 17, 2012

Jueves 16 de agosto.

Laboratorio en una escuela de ingeniería francesa. Tras un puente de tres días, un grupo de intrépidos investigadores decide reincorporarse al trabajo, en vez de decir aquello de donde caben tres, caben cinco. A la hora de la comida se dirigen, con poca esperanza, hacia el comedor (el restaurante más cercano está a una hora a pata). El comedor está efectivamente cerrado, pero hay alguien repartiendo bolsas con una especie de picnic por tres euros. Una primera mirada a la bolsa indica que el picnic va a ser tirando a austero. Los intrépridos investigadores deciden irse a comer sentados sobre la hierba, al lado del lago.

Ya que la comida va a ser mala, al menos disfrutar del solecito.

La bolsa contiene una ensalada y una lata, con dos combinaciones posibles: ensalada de arroz con atún y lata de paté, o ensalada mexicana con atún y lata de atún. Sí, más atún, que se ve que es muy sano.

Al intrépido investigador español le toca la segunda opción.

También hay una botella de agua, una pieza de pan (que no es del día, y que no está claro que sea de la semana), un pastelito y un postre de crema de chocolate.

Al intrépido investigador español no le gusta el chocolate.

El intrépido investigador español decide que al día siguiente no le va a pasar lo mismo, y que va a venir mucho mejor preparado.

Jueves 17 de agosto.

Laboratorio en una escuela de ingeniería francesa. El intrépido investigador español viene preparado con ensalada, embutido (que para algo acaba de volver de España), pan y fruta. Visto el patio, se podría haber traído también una pelota de voleibol para charlar con ella: si el laboratorio tuviera más mugre parecería el decorado de una película post-apocalíptica.

El intrépido investigador español cree haber oído pasos en el pasillo, pero le da miedo mirar por si es un zombi.

Aunque la comida es mucho más satisfactoria que la del día anterior, para el año que viene el intrépido investigador ha decidido optar por una filosofía alternativa para resolver el problema del cierre del comedor.

Donde caben tres caben cinco, vaya que si caben.

Nota: Sí, dice la RAE que voleibol se escribe así. Ya, yo me he quedado igual.

París (III)

June 25, 2012

En el metro, camino de un bar. Un francés y un latinoamericano discuten en nuestro vagón. El francés repite fucking Spanish, don’t talk to me, el otro se pone de pie, se remanga y hace gestos despectivos. Una vez llegado a este punto la situación se mantiene igual durante todo el trayecto: uno repite la frase, el otro repite los gestos. A lo mejor la cosa tiene su gracia una vez estás metido en faena, pero visto desde fuera parece de lo más aburrido. Llega nuestra parada, y nos quedamos sin ver si la cosa avanza.

París (II)

June 16, 2012

En el RER-B, una especie de tren de cercanías, volviendo a casa del trabajo.

Un grupo de chavales se sube al tren cual invasión de hunos. Tienen, así a ojo, unos veinte años. Se dividen en dos grupos, uno en cada extremo del vagón, y se ponen a cantar canciones sobre temas tan inmortales como el queso, o agradecimientos al conductor por arrancar tras una parada larga. Primero canta un grupo, luego el otro le responde, luego siguen los dos juntos.

El viaje dura una media hora. Son, pasada la novedad, un coñazo.

París (I)

April 19, 2012

 

Esperando el autobús para ir al trabajo, por la mañana temprano. Hace ese frío que da sensación de aire limpio al respirar. El cielo está despejado, todavía con un toque de azul oscuro. La estación está cerca del aeropuerto de Orly; continuamente se ven aviones en el cielo. Dejan una estelas larguísimas, que tardan mucho en deshacerse. Por puro azar hay varias que se cruzan casi perpendicularmente, formando una especie de cuadrícula. Un avión la atraviesa en diagonal. Me recuerda a una ficha de damas moviéndose en el tablero.

 

Momento de miedo

November 17, 2010

Es la una de la madrugada. Hora de salir del despacho y tirar para casa.

Voy en bici por el campus. Algo se mueve delante, entre las plantas al borde del camino. Algún bicho nocturno.

Parece un gato negro, con la cola levantada. Pero no es un gato negro: la cola es demasiado peluda, y tiene como una raya blanca en el lomo.

Raya blanca en el lomo.

Mofeta.

Recapitulemos: es una mofeta, con la cola levantada, mirándome con cara de mala leche.

Años de dibujos animados y ficción variada nos han enseñado que la situación no es la ideal. Está como a siete u ocho metros. Dice la Wikipedia que pueden disparar a una distancia máxima de entre dos y cinco metros, pero yo eso no lo sé. Yo sólo sé que no tengo ni la más mínima gana de pasarme la noche en la ducha.

Paso a su altura y nos miramos, ella con cara de no me toques las gónadas, que soy de gatillo fácil,  yo con cara de señora mofera yo iba de paso de verdad no se altere que ya me voy que yo iba de paso de verdad se lo digo de paso.

La dejo atrás sin que la cosa pase a mayores. Espero que alguien con peores horarios que yo (algún químico orgánico, por ejemplo) no se la encuentre de frente al salir de su edificio…

Cagarrutas

August 10, 2010

En las tiendas de recuerdos de Canadá se vende un tipo de dulces que se anuncian como cagarrutas de diversos animales. Son frutos secos bañados en chocolate o en sirope de arce (gran orgullo nacional), y el animal cambia según el tipo de fruto seco. Creo (y espero) que el emparejado ha sido al azar, y que nadie se ha puesto a buscar parecidos.

La cosa es que algunas de las etiquetas parecían más ideas gráficas de Miguel Noguera o La Abuela Bloguera que otra cosa. Porque el dibujo del oso es como muy elegante, una cosa seria y sobria…

… pero la cara picarona del alce, ese guiño con media sonrisa, es cuanto menos inquietante.

Y para qué hablar del castor, que aparece con gota de sudor por el esfuerzo y cara de satisfacción tras una dura faena.

Que yo comprendo que lo de llamarlas cagarrutas es una gracieta de mucha risa y tal, pero quizás tampoco haya que llevarlo tan lejos.

Fieras

May 7, 2010

Cuando era niño, en mi casa eramos de ir al circo. Cuando llegaba a Sevilla (creo recordar que era por Feria) allá que íbamos, a ver cuántas pistas y qué números traían ese año.

Hoy día, por influencia de El Circo del Sol y similares (como el Circo del Arte que Emilio Aragón le regaló a su padre, que para eso Milikito es rico hasta dar fatiga) es habitual encontrarse circos modernos, elegantes y finos, con un vestuario que parece formado por disfraces del carnaval de Venecia, o de una comparsa de Juan Carlos Aragón. Los números se basan en el humor y el equilibrismo, y los únicos animales que se ven son, si acaso, algún caballo. Cuando yo era pequeño la cosa era distinta, y era normal ver bichos de todo pelaje, desde caniches que jugaban al fútbol (en Sevilla llevaban, está claro, los colores de Sevilla y Betis) hasta elefantes y fieras varias. Yo encantado, porque los números de equilibrismo no me entusiasmaban. Aparte de por los payasos, yo iba al circo a ver leones y tigres.

Uno de los primeros circos de los que tengo memoria es el de María Teresa Rabal y Ángel Cristo. Mientras un número de payasos entretenía al público se montaba la jaula, en el centro de la pista, con un túnel para que entraran las fieras. Creo que él vestía de blanco, pero quizás estoy mezclando recuerdos con alguna foto que he visto luego. Le recuerdo entre leones enormes, especialmente a su lado, a los que entre número y número trataba como si fueran gatitos.

Y yo, que tendría unos siete años, fascinado.

Ángel Cristo murió el martes pasado, 4 de Mayo de 2010. Habrá muchos que le recuerden por su matrimonio con Bárbara Rey, por cómo arruinó su vida con deudas, drogas y alcohol, o por los muchos años en los que participó en otro circo, el de la prensa rosa, en su modalidad más barriobajera.

Yo prefiero recordarlo con la admiración con que lo vi por primera vez, rodeado de fieras más nobles.

La venganza del Hindenburg

April 8, 2010

Hace un par de semanas, con el final del segundo trimestre, tuvo lugar una de las pequeñas tradiciones de Caltech. Una de las asignaturas del grado (bachelor, que le llaman), llamada “Laboratorio de de diseño de ingeniería” (más conocida por su código, ME 72), tiene como parte fundamental el construir un artefacto mecánico, actuado con radiocontrol, y diseñado para llevar a cabo una tarea. La gracia está en que los diversos diseños participan en una competición, con gran éxito de crítica y público.

Hay reglas que se mantienen cada año, más que nada porque todo sigue siendo una asignatura. Los diseños están limitados en el número de piezas (motores, elementos de radiocontrol, cantidad de material) con lo cual hay que estrujarse la cabeza para lograr un robot versátil y resistente. Todas las piezas han sido fabricadas por los alumnos, lo que lleva su tiempo (doy fe: he estado usando bastante  el taller del departamento de ingeniería mecánica últimamente, y los alumnos estaban ahí TODO el día, TODOS los días, hasta el punto de que era difícil encontrar un torno libre).

Hace dos años la competición era una lucha estilo sumo. El año pasado los robots tenían que recoger bolas que flotaban en un estanque, salir, y llevarlas a un punto en conreto. Este año recibía el nombre Revenge of the Hindenburg, y obviamente involucraba construir un zepelín.

La competición tenía lugar tanto en tierra como en aire, en rondas eliminatorias, uno contra uno. La parte aérea consistía en hacer pasar al zepelín por un de los aros colocados a tal efecto, lo que valía una serie de puntos (nota: no tuve cojones de enterarme de cuánto valía cada cosa), y luego aterrizar en una zona designada, que también valía puntos. Existía la posibilidad de que cuando un grupo acababa antes que el otro usara a su dirigible para impedirle el paso al contrario (lo que estaba permitido; estas cosas son además, para que nos vamos a engañar, la parte más divertida de la competición).

La tarea resultó relativamente fácil, y todos los diseños eran muy parecidos. Las diferencias entre los zepelines eran mínimas, salvo alguna variación en el tamaño, y todos funcionaron bien. Era normal conseguir todos los puntos.

La parte terrestre era más compleja, y era donde de verdad se cortaba el bacalao. El primer paso era recoger una serie de bolas de ping pong, de distinto color (blanco o naranja) para cada equipo. Estaban situadas a dos alturas diferentes, y las más altas valían doble (tenían un 2 escrito).

El mero hecho de recoger bolas, cayendo desde esta altura cada una para su lado, no era nada fácil, y la mayoría acababan por el suelo, especialmente visto el tamaño de los robots (recordemos: el material está limitado), porque siempre tenías al rival empujándote con el suyo cuando intentabas cogerlas (de nuevo, la parte más graciosa de todo, con el público animando siempre que había guantazos).

Una vez recogidas las bolas había dos opciones. Meterlas en el correspondiente agujero en la plataforma de la foto (por una serie de puntos por bola), o lograr subirlas la red, por más puntos. El mero hecho de subir a la plataforma ya tenía su mérito, así que se puede uno imaginar lo de la red. En la foto se ve a un robot empujando a otro dentro del agujero, para evitar que vaya a por más bolas.

Dado que la tarea era más compleja, y que no había un diseño tan claro como en el caso del dirigible, aquí se vieron soluciones de todos los colores. Hubo quien optó por dos robots pequeños, mientras que otros grupos usaron sólo uno grande. Hubo muchos esfuerzos por recoger las pelotas, desde redes a uno parecido a un pequeño recogedor de los de barrer.

Hubo incluso quien, con el material sobrante del zepelín, intentó fabricar un robot vagamente antropomórfico, que no resultó el más estable, como se observa (no muy bien, todo sea dicho) en la foto.

Una de las cosas más curiosas es ver cómo, en breves minutos, todo el mundo se transforma en un comentarista digno del Carrusel Deportivo. Como si llevara toda la vida viendo robots acarrear bolitas: Hombre, está claro que esa estrategia no es la más adecuada, el robot no es estable y es muy difícil controlarlo. Está claro que opinar es gratis.

Lo más normal, vistos ya un par de años, es que gane un robot simple, pero robusto, y normalmente también agresivo, como el de un equipo cuya estrategia era agarrar un par de bolas, conseguir los puntos, y luego impedir que el adversario pueda subirse en la plataforma. La versión robótica del cattenaccio. Pero esta vez hubo sorpresa: un robot que por fuera parecía poco más que una caja abierta por la parte de arriba (útil tanto para recoger bolas como para ser muy estable) y que luego, ahí está la maravilla, las disparaba como si tuviera una catapulta dentro (no pude ver el sistema que usaba, pero esa era la impresión que daba). No sé cuantas horas habrían ensayado para saber cómo de lejos tenían que ponerlo, pero las colaba en la red con una facilidad tremenda. Muy impresionante, la verdad, y suficiente para llevar a su equipo hasta la victoria.

La recompensa: la fama, la gloria, y al menos una A garantizada como nota de la asignatura.

Y ahora algo completamente diferente

April 5, 2010

Primero piensas que te has pasado con el vino durante la comida. A los diez, quince segundos, ya está claro que no, que es un terremoto. En mi pueblo no ha sido fuerte, pero sí largo. Parece que el epicentro estaba en mitad de la nada y que apenas hay víctimas. Una alegría, vista como está la cosa últimamente con el tema sísmico…

xkcd describe una buena parte de mi día a día con precisión quirúrgica:

Y Fontdevila lo clava con su viñeta del día: si hubiera una forma de colarse gratis en los conciertos, con total seguridad, sin riesgo ninguno ninguno ninguno, ¿pagaría la gente de todas formas, porque es honrado, o simplemente cambiaríamos el los músicos tienen que regalar los discos para darse a conocer y sacar dinero con los conciertos por otra cantinela similar?