Archive for the ‘Cine’ Category

Howl y 127 Hours

February 20, 2011

James Franco está que se sale. Aunque se le conozca más por ser la cara bonita de Spiderman, y sin negar que algún chusco ha hecho (cierta película con Drew Barrymore que no hace falta nombrar), Franco lleva unos años eligiendo películas con bastante criterio, lo que imagino que le ha llevado a presentar la próxima ceremonia de los Oscars con sólo 32 años. Este año ha estrenado dos película como protagonista, cada una de su padre y de su madre.

Howl

Extraña biografía del poeta Allen Ginsberg, y el juicio por obscenidad que le cayó al editor de su poema Howl. La película combina tres partes: el juicio (en color), una entrevista (en blanco y negro) en la que Ginsberg recuerda el juicio, y animación ilustrando partes del poema.

Las escenas del juicio son, según parece, un calco de lo que pasó en realidad. Franco no aparece, y el protagonista de esta parte es Jon Hamm, que interpreta al abogado defensor con la misma apostura con la que interpreta a Don Draper.

La entrevista consiste en Ginsberg hablando, con algún flashback para ilustrar. La actuación es fantástica, y Franco está francamente camaleónico. Las reflexiones son interesantes, incluyendo la maravillosa frase there is no beat generation, just a bunch of guys trying to get published. No he visto ataque más sincero y con mejor puntería al malditismo y la mística de la generación beat.

La animación, en cambio, es tirando a espantosa. Los créditos decían algo así como que está basada en las ilustraciones de cierta edición del poema, que a lo mejor en papel son una maravilla, pero que animadas son con diferencia lo peor de la película. Hay que darle, si acaso, algún punto por atreveser a usar animación tradicional en vez del 3D tan de moda hoy día, pero eso no quita que sea mala.

La película en sí está bien, con grandes actuaciones, pero no pasará a la historia.

127 Hours

Primero, la pregunta: sí, el rebanamiento de brazo aparece en pantalla, en glorioso y sangriento esplendor. La cámara no se regodea, pero tampoco es tímida. La cosa dura un rato, a veces hay que sujetar el cuchillo con la boca para tirar del tendón y, en fin, sangre por todas partes. Que cada uno haga sus cuentas.

La película abre con Aron Ralston, intrépido montañero, preparándose para un fin de semana de aventura. La cámara nos muestra en primer plano los objetos que le acompañarán durante las 127 horas del título, que son casi personajes secundarios de la película: botella de agua, cuchillo, cámara, cuerdas para escalar, las escasas provisiones. También vemos el objeto que no le acompaña, una navaja suiza de mucha más calidad que la que finalmente tiene que usar. El astuto espectador, que conoce el final de la historia, se estremece un poco al ver como la mano de Ralston busca la navaja en un altillo, sin éxito. Vemos como Ralston ignora el mensaje que su madre le deja en el contestador. Le vemos montar en su coche, solo, sin que nadie sepa dónde va. Le vemos hacer el cafre en el desierto, conocer a dos chicas, pasar un rato con ellas, y quedarse sólo.

Y entonces aparece el malo de la película, la roca que le aplasta el brazo. Esos segundos de primer plano de Franco mirándose la mano, en absoluto silencio, mientras el horror inunda sus ojos, son impagables.

El resto de la película se desarrolla en el cañón en el que Ralston queda atrapado, así como en los flashbacks y alucinaciones que ayudan a darle un poco de aire a la película. También los vídeos que graba en su cámara sirven de excusa para tener monólogos que no suenen artificiales. El tiempo pasa, la desesperación crece, y llega el clímax que todo el mundo sabe que tiene que llegar.

En parte (exitoso) ejercicio de estilo de Danny Boyle, en parte exhibición de Franco, la película tiene sin embargo suficiente sustancia para sostenerse por sí sola. A mí me gustó mucho.

Cine de guantazos

December 2, 2010

Este fin de semana, cosas que tiene la vida, me he tragado tres películas de esas en las que la gente se dedica a pegarse: La junga de cristal, Terminator 2 y Equilibrium. Las dos primeras ya las había visto, y mi opinión al repasarlas no ha cambiado: dos peliculones como sendas copa de pino, cumbres del género. Equilibrium, en cambio, es un  truño infecto.

Por partes.

La Jungla de Cristal

La vara de medir del cine de acción, con un concepto que ahora es tópico, pero que no lo era en 1988, cuando se estrenó la película (ni en 1979, cuando se publica la novela en la que se basa): John McClane, atrapado en un edificio, liquidando terroristas de uno en uno. Algo así como Alien, pero desde el otro lado. De nuevo, ahora es tópico, pero si eres el primero (o de los primeros), mejor llamarlo icónico.

La Jungla de Cristal sirve también como muestra de que una película es, como mucho, tan buena como su guion, que en este caso es una obra de relojería: nada sobra, todo aporta, las ideas ingeniosas se suceden. La primera escena es un ejemplo perfecto: deja claro que John McClane es un policía duro de Nueva York, que viaja armado y reticente a Los Angeles para ver a su familia, y aparece con sutileza la razón que lo tendrá descalzo toda la película. Todo ello en apenas un par de minutos. Brillante. Y así todo, no quedan cabos sueltos, todos los elementos (el chófer, la mujer de McClane usando su nombre de soltera, la niñera mexicana) encajan, nada es superfluo. El plan de los terroristas (que incluye volar el edificio para que parezca que han muerto, y poder librarse) es de lo más coherente que se recuerdan, en un género en el que los malos muchas veces son malos porque sí.

Aparte de la precisión del guion, y de mucha acción muy bien rodada, hay dos elementos que encumbran a la película por encima de la media de su género. La primera son los personajes, y el cuidado puesto en desarrollarlos, en darles forma, en hacerlos humanos, especialmente John McClane. La segunda es el humor. Mientras que muchas películas de acción suelen tomarse a sí mismas demasiado en serio, aquí los chistes se suceden, sostenidos por un Bruce Willis que lo mismo vale para pegarse con un alemán que para hacer el ridículo más absoluto con total dignidad. Un crack.

Temía que la película no aguantara la revisión, pero qué va, una obra de arte.

Terminator 2

No es nadie el señor Cameron cuando se pone. Más de lo mismo, otro peliculón con los mismos aciertos que la anterior: un concepto brillante (¡robots del futuro viajando en el tiempo! ¡robots buenos y malos pegándose! ¡metal líquido! ¡el que antes era malo ahora es bueno!), un guion medido, personajes con humanidad (especialmente Sarah Connor) y mucho sentido del humor, que es lo que le faltaba a la primera parte. De nuevo la coherencia interna es a prueba de bombas, con el mérito de encajar con la primera parte: Skynet nace del chip del primer robot muerto, Sarah Connor está encerrada por intentar volar a los creadores de Skynet, los policías aparecen en un número exagerado porque creen que el terminator es el tipo que liquidó a toda una comisaría en la primera película, el terminator bueno debe morir para destruir su chip. Ni un cabo suelto.

La mejor defensa de Terminator 2 que he visto la hace Paul Thomas Anderson, que como director no puede estar más lejos:

I enrolled at NYU and I went there for literally two days. What happened was that I walked into this classroom, and the teacher said: “If anybody is here to write Terminator 2, walk out, get out of the room”, and I thought, well, that’s not a good way to start, what if I do want to write Terminator 2, what if someone next to me wants to, it’s like you should be saying “we write serious films here”, you know. And Terminator 2 is a pretty awesome movie.

Un último detalle: está muy extendida la creencia de que las películas buenas (los dramones serios) son para verlos en versión original, mientras que las películas de tiros (y otros géneros despreciados) da igual verlas dobladas, porque no se pierde nada. Esto es, en primer lugar, falso (perder se pierde), y en segundo lugar impide que uno disfrute de Schwarzenegger en toda su gloria. Oírle diciendo paridas con ese acentazo austriaco es la guinda del pastel.

Equilibrium

¿Todos esos fantásticos aciertos de las otras dos películas? ¿Esos elementos fantásticos que le dan vida a la película y la convierten en algo más que gente pegándose? Pues ni uno.

El concepto, a primera vista interesante (un mundo en el que están prohibidas las emociones, con la excusa de evitar que la gente se mate), se revela al poco rato como completamente inmanejable (especialmente para el inepto de Kurt Wimmer, guionista y director), y la cosa se queda en un intento (sin gracia) de llevar Fahrenheit 451 al extremo.

Los personajes son anodinos hasta lo indecible. Uno ni siente la más mínima pizca de empatía por Christian Bale, o sus hijos, o Emily Watson o Sean Bean (eso sí que son muertes anodinas), todos nos dan igual, meros extras en una película sin protagonistas.

El guion tiene agujeros por los que se puede colar un 747. ¿Esos niños, que no se toman la pastilla pero tienen más autocontrol que el Dalai Lama? ¿Por qué hace falta que Bale mate al líder (protegido por un super ejército consistente en quince guardias), para luego dejar claro que los rebeldes claramente superaban en número a la policía, y podían haberla liado parda? ¿Cómo sabía el malo lo que estaba pasando? ¿Cómo lo sabían los buenos? Da un poco igual, porque las cosas van pasando porque sí, a salto de mata, sin lógica ninguna.

Y luego está el tema del humor. “Humor, ausencia de”, en este caso. Como un funeral, vaya. Propio para Bale, por otra parte. No hay ni un chiste, ni una coña, nada a lo que agarrarse. Sólo la escena con el cachorro y la exageración del decapitamiento casi final hacen que uno sonría ligeramente. Y seamos sinceros: una película en las que unos tipos con el título de sacerdote han aprendido unas katas que les hacen un 120% más eficades disparando (ahí lo llevas) puede permitirse muchas cosas, pero el exceso de solemnidad no es una de ellas. Porque la película, en el fondo, es pura serie Z, y lo mínimo que se le pide a la serie Z es que sea divertida. Y más esta, que tenía todos las papeletas para ser una locura disparatada, y no un tostón, como es el caso.

Nota: el trailer da la sensación de que Bale explota porque se llevan a su mujer, y lo hace todo por sus hijos (lo cual tendría algo de lógica). Nada más lejos, pero me imagino que la película había que intentar venderla de alguna forma.

Así que ya saben, señores-que-hacen-cine-de-pegarse: un buen guion, todos los cabos bien atados, personajes con sustancia y generosidad con el humor. Dicho así, qué fácil parece.

Hasta siempre, Mr. Marshall

November 13, 2010

Scott Pilgrim vs. The World

November 12, 2010

De semejante palo arranca Scott Pilgrim vs. The World. A la película se le pueden echar muchas cosas en cara, pero esconder sus intenciones no es una de ellas.

Scott Pilgrim (Michael Cera) es un veintañero con una vida desastrosa: sin trabajo, bajista en una banda cutre (en la película con canciones de Beck), con una novia adolescente con la que intenta olvidar a la exnovia que le destrozó, y viviendo en un cuchitril con su compañero de piso Wallace (Kieran Culkin, de los Culkin de toda la vida), que es el dueño de todos los muebles, incluyendo la cama que comparten.

Y en esto, Scott conoce a Ramona Flowers (Mary Elizabeth Winstead), y surge el amor (y el despecho de su ya exnovia adolestence). El problema es que Ramona tiene siete ex (que no exnovios) malvados, que Scott tiene que derrotar, en peleas que parecen sacadas de un videojuego, incluyendo vidas extras y enemigos convertiéndose en monedas al ser derrotados.

¿Una locura? Y tanto.

Y eso sin contar que, en la película, ser vegano te da superpoderes…

Basada en el cómic de culto (culto independiente, pero culto al fin y al cabo) de Bryan Lee O’Malley, su director, Edgard Wright, la ha definido como un musical con peleas en vez de música. Entiéndase: si en un musical los elementos fundamentales de la trama se resuelven con canciones, y después del numerito musical todo sigue como si nada, en Scott Pilgrim los puntos álgidos se convierten en peleas tan estilazadas que hacen que la escena de Neo dándose de galletas con los agentes Smith parezca sacada de una película de Bourne, pero que todos los personajes aceptan como lo más normal.

La película, parece claro, no es para todo el mundo: violencia a lo Mortadelo, referencias constantes a videojuegos, humor tirando a raro, frikismo continúo… Tiene además pegas más objetivas: es en general algo excesiva, alguna pelea se pasa de larga, y la falta de estructura se acaba haciendo rara. Repito: pese a los elogios que siguen, la película no me parece perfecta, ni mucho menos. Y aún así, es una de las mejores películas del año, y desde luego lo más atrevido que he visto en mucho tiempo, más aún viniendo de Hollywood. Tiene, especialmente, dos cosas a su favor.

La primera es un reparto en estado de gracia. Es verdad que los personajes son básicamente los mismo que en el tebeo, pero qué bien les han puesto cara. Cera y Winstead logran, cada uno a su manera, que sus personajes caminen durante toda la película por la delgada línea entre ser encantadores y completamente despreciables (especialmente él, con su increíble capacidad para herir a la gente sin siquiera darse cuenta). Ellen Wong es una Knives encantadora, Anna Kendrick vuelve a bordarlo tras Up in the air, y el reparto sigue con nombres como Chris Evans, Brandon Routh, Jason Schwartzman o Aubrey Plaza, todo ellos en papeles que les quedan como guantes.

Pero el que de verdad se lo lleva de calle es Culkin, con un personaje que aporta al mismo tiempo la nota cómida, la voz de la razón, mala leche y un punto de ternura. Wallace es además un pequeño hito en el mundo de los personajes homosexuales: pese a ser abierta y completamente gay, algo con lo que se bromea mucho en la película, lo que le define no es ser el único gay entre una marea de personajes hetero, sino la suma de otras muchas cualidades. Que no es moco de pavo, visto como está el tema de las minorías en Hollywood.

El otro caballo ganador es la de dirección de Edgar Wright, que ya lo bordó con Shaun of the Dead, una película de la que se suele recordar lo original del argumento, o su humor, pero que tenía un montaje y un estilo visual de quitarse el sombrero. Pues bien, eso no es nada con lo que Wright hace aquí, un despliegue absoluto de estilo que podría ser apabullante y en el que, sin embargo, todo funciona, desde unos efectos especiales constantes pero perfectamente integrados en la historia hasta un montaje que es para levantarse y dar palmas (y al final, como si lo viera, el Oscar se lo llevará Inception, con esa batalla en la nieve en la que no se veía una mierda). Un visionario (término que se usa últimamente con demasiada alegría) como la copa de un pino, y el mejor uso de los efectos especiales y las nuevas tecnologías que se recuerda. No quiero ni pensar el tiempo que habrán echado en postproducción.

Scott Pilgrim puede que sea, además, la primera película que logra llevar a la pantalla el lenguaje del cómic, que es otra cosa que se dice mucho hoy día, pero sin que venga a cuento. Sin City, Watchmen, 300, Kick-Ass, Matrix, The Dark Knight… De todas se ha dicho que llevaban el lenguaje del cómic al cine, cuando lo que hacían era, si acaso, llevar la estética de algunos cómics. El lenguaje del cómic no son los superhéroes, ni las peleas, ni el derroche visual, ni el partir la pantalla en cachos que parezcan viñetas. El lenguaje del cómic (tanto de Watchmen como de Maus como de Mafalda) es la superposición de imágenes y (opcionalmente) texto en viñetas, y el hecho de que la sucesión de viñetas indique el paso del tiempo (o cualquier otro proceso lógico similar), y el hecho de que el lector tenga que poner de su parte lo que pasa entre una viñeta y la siguiente.

Y eso es lo que Wright consigue replicar con los letreros que se superponen con la imagen, con su montaje absurdo, con el salto de escenarios dentro de una misma escena. Y lo mejor de todo es lo bien que funciona.

En Estados Unidos la taquilla ha sido tirando a mala, pese a las buenas críticas y el entusiasmo de los que la han visto. Sólo queda ahora esperar a que remonte en DVD, y que el tiempo haga su trabajo y la ponga en su sitio. Si hoy día cada vez que sale una buena película no faltan las voces que dicen que es una película de las que ya no se hacen, aquí tenemos el caso contrario: Scott Pilgrim es una película de las que aún no se hacen.

An American Werewolf in London

October 31, 2010

En mi pueblo hay cuatro cines. Por orden de cercanía a mi casa, tenemos…

El cine barato, al que llegan las películas de rebote (es decir, cuando dejan de echarlas en cine de más poderío), y que cuesta la cifra casi simbólica de tres dólares.

El cine de arte y ensayo, donde ponen películas independientes y extranjeras. Aquí es donde viene uno a ver a Almodóvar, por ejemplo. Nueve dólares los domingos (noche del estudiante), 11 el resto del tiempo.

El cine comercial, que antes era comercial normal, y ahora es una sucursal de los ArcLight, que son el equivalente a “arreglado pero informal”, cine comercial pero fino, donde se cuela alguna película independiente,  y que intentan montar cosas especiales. Entre 13.5 y 12.5 dólares, según el día. Entradas numeradas, que me toca un poco los aquellos, pero bueno.

Luego hay otro cine, que en su día fue una segunda sucursal del cine de arte y ensayo, que cerró (mucho arte y ensayo para tan poco pueblo) y que ahora es un cine de lujo y poderío, con sillones de cuero y donde se puede pedir comida. No es coña. Parece que las entradas cuestan como 30 dólares; no he tenido el gusto de comprobarlo, ni pretendo.

Una de las actividades que montan los ArcLight es el ArcLight presents, donde una vez por semana ponen películas viejas (desde muy viejas hasta sólo un poco), agrupadas temáticamente, a veces con la presencia de alguien relevante (un productor, un miembo del estudio) para un debate/ronda de preguntas. Es una de esas veces en las que uno se acuerda de que vive en (un pueblo de al lado de) Los Angeles.

Este verano fueron clásicos (de todas las eras) del cine americano, lo que me permitió tragarme El Padrino e Indiana Jones: En busca del Arca Perdida en pantalla grande, como un señor. Luego hemos tenido una ronda de clásicos de Disney. Y ahora por Halloween, cine de miedo.

La única que he ido a ver ha sido una a la que le tenía muchas ganas, An American Werewolf in London.

Escrita y dirigida por John Landis (director también de las películas de los Blues Brothers), es de lo más reconocido de su carrera, y está considerada hoy día un clásico de culto del género de la comedia de terror (o el terror cómico). Y con motivo: la película es un delirio maravilloso, que incluye perlas como una transformación a hombre lobo en un cine porno (la película porno en cuestión es un disparate de estilo setentero que Landis rodó expresamente).

La historia es más bien poca cosa: dos universitarios estadounidenses están de viaje por Inglaterra, llegan a un pueblo raro, los echan del bar por preguntones, y acaban en el páramo, donde les ataca un hombre lobo, que mata a uno y muerte al otro. Éste acaba en un hospital de Londres, liado con su enfermera, y dudando de su cordura: su colega, el muerto, se le aperece repetidas veces, en progresivo estado de descomposición, para avisarle de que está maldito, y que tiene que morir para acabar con la maldición (que, entre otras cosas, obliga a las víctimas de los hombres lobos a vagar por la tierra hasta que muera el último miembro de la “dinastía” de hombres lobo; por eso su amigo está tocandole la moral). No sólo la película es poca cosa, sino que se toma su tiempo en ir avanzando, una cosa que a mí no me parece para nada un problema, pero que hoy sería impensable. Los efectos especiales, a cargo de Rick Baker, fueron una revolución para la época. Se recuerda especialmente la escena de la transformación:

Después de la proyección tuvimos al productor de la película, George Folsey Jr., que fue encantador y contó varias batallitas, como la pelea por mantener el (fantástico) final, o cuánto costó conseguir los derechos de la peculiar banda sonora.

Mucho glamour.

Mesrine: Killer Instinct / Public Enemy Number One

October 24, 2010

Respetado por sus papeles en Europa, conocido por sus papeles en Hollywood y envidiado por estar casado con Monica Bellucci, Vincent Cassel estrena ahora el biopic en dos partes (aunque creo que en según que sitios la van a remontar para dejarla en una sola película) del criminal francés Jacques Mesrine, que por lo que se ve es el equivalente gabacho de John Dillinger, fugas carcelarias incluidas (no tengo claro si el nuestro sería el Lute o el Vaquilla).

La primera, Mesrine: Killer Instinct (terrible traducción al inglés de L’instinct de Mort) se abre con un texto diciendo que la vida de un hombre es mucho más compleja que lo que una película puede mostrar, que lo que se ve es un punto de vista, y básicamente que cada palo aguante su vela.

La primera escena sirve para poner en imágenes dicha advertencia. La escena sigue a Mesrine (Cassel)  y su amante Sylvie Jeanjacquot (Ludivine Sagnier), con la pantalla partiéndose en varias partes, cada una de ellas mostrando la misma escena desde distintos puntos de vista, a veces con un ligero retraso o adelanto con respecto a las demás, y a veces en lo que parecen distintas tomas, con los gestos de los actores cambiando ligeramente entre una y otra. Finalmente uno de esos puntos de vista crece hasta ocupar toda la pantalla, y la escena continúa hasta que nos damos cuenta de que no está contando la muerte de Mesrine. La escena acaba justo antes de que sea acribillado.

Tras este prólogo, la película salta al pasado y sigue en orden cronológico, mostrando primero el servicio militar de Mesrine en Argelia, donde el hombre ya apuntaba maneras para la violencia. Tras la vuelta a Francia le vemos iniciar su carrera criminal, matar a un chulo, casarse con una española (Elena Anaya), ir a la cárcel, salir de la cárcel, buscarse un trabajo honrado, ser despedido, volver a las andadas, perder a su mujer y sufrir un intento de asesinato que casi mata a su hija pequeña.

Todo esto en la primera mitad de la primera película. Un estrés de vida, francamente.

El resto es poco más o menos lo mismo: atraco / secuestro / golpe- criminal, cárcel, fuga, hacer amigos / enemigos, buscarse amante, repetir. El tempo acelera según avanza la historia, y la sucesión de colaboradores, lugares y atracos llega empieza a dar algo de vértigo, especialmente en la segunda película (¿estamos en Canadá o Francia? ¿quiénes son los terroristas estos con los que trabaja ahora? ¿los del Quebecq, o los argelinos? ¿cómo ha planeado la fuga esa?). Me imagino que la idea es mostrar un retrato casi impresionista, centrado más en el personaje que en detallar los hechos con cuidado, pero eso no quita que el resultado alcance una confusa saturación.

La película tiene, sin embargo, dos cosas fundamentales que la salvan de hacerse aburrida. Primero, que con que la cuarta parte de lo que se cuenta sea verdad, la vida de Mesrine fue increíble, incluyendo asaltar una cárcel (sí, sí, desde fuera), fugarse de su propio juicio tomando como rehén al juez, o negociar con la policía que lo tiene totalmente rodeado para que le den una hora para despedirse de su amante. Aunque la cosa parezca a veces una sucesión de escenas inconexas, la mayoría de dichas escenas son fascinantes.

Lo segundo es un Cassel en estado de gracia, que logra crear un personaje que no por hijo de puta es menos atractivo, el golfo encantador llevado al extremo (se ve que el verdadero Mesrine era algo de ese palo, y que llego a ser una estrella mediática). Le vemos hacerse un criminal, ser torturado en la cárcel, torturar gente, mostrar destellos de humanidad, envejecer y engordar, todo con una constante mezcla de amenaza y carisma seductor que es lo que sostiene la historia durante, sumando, unas cuatro horas.

Escrita y dirigida por Jean-François Richet, y basada (imagino con bastante libertad) en el libro de Mesrine (supuestamente autobiográfico, lo que se pone en duda), la película cuenta con un reparto lleno de caras conocidas del cine francés (Mathieu Amalric, Gérard Depardieu, Cécile de France), está rodado con los medios de una superproducción de mucho postín y, pese a las pegas, es una fantástica película de gangsters.

The Town / The American

October 11, 2010

The Town

Doug: “We gotta’ do something. I can’t tell you what it is, you can never ask me about it after we’re done, and we’re gonna’ hurt some people.”
Jem: ” Whose car we taking?”

En 1997, Ben Affleck estaba en la cima. Tras actuar en películas relativamente independientes (Dazed and Confused, Mallrats, Chasing Amy), gana el Oscar a mejor guion original por Good Will Hunting, escrito a cuatro manos con su amiguísimo Matt Damon. El futuro era prometedor a más no poder.

Pero el futuro, al menos a medio plazo, consistió en superproducciones de dudoso gusto (Armageddon, Pearl Harbor, Forces of Nature), un romance con Jennifer Lopez que le paseó con demasiada frecuencia por la prensa rosa más cutre, y los dos últimos clavos en el ataud, Gigli y Jersey Girl, de las que aún hoy se hacen chistes.

En 2004 estaba claro que, del dúo Affleck / Damon, uno había sabido encauzar su carrera y el otro más bien no.

Y sin embargo ha sabido renacer, que es una cosa que en Hollywood gusta mucho (una vez se ha renacido, claro), no sólo como actor (Hollywoodland, State of Play), sino también como director, primero con Gone Baby Gone y ahora con The Town, una historia de ladrones de bancos en su Boston natal adaptada de una novela de Chuck Hogan.

La película se abre con un atraco del grupo liderado por Doug (Ben Affleck). Son meticulosos, metódicos, profesionales. Un atraco en condiciones. El problema es que Jem (Jeremy Renner, protagonista de The Hurt Locker), el miembro más volátil del grupo, decide tomar como rehén durante unas hoars a Claire (Rebecca Hall). Y mirando su carné de conducir descubren que vive cerca de ellos. Doug decide encargarse del asunto, y el asunto se convierte en un romance entre secuestrada y secuestrador, cosa que ella, obviamente, ignora. Por si esto no fuera suficiente para que se liara parda, un grupo del FIB liderado por el agente Adam Frawley (Jon Hamm, el Don Draper de Madmen) está a la busqueda del grupo de atracadores.

Con esta trama Affleck y sus coguionistas (Peter Craig y Aaron Stockard) montan una película que es la vez moderna y clásica, especialmente en las escenas de acción, elegantes, sin excesos, más Michael Mann que Christopher Nolan. El reparto está fantástico, desde los personajes principales a una miriada de estupendos secundarios (Chris Cooper como el encarcelado padre de Doug; Blake Lively como la hermana de Jem, enamorada de Doug; Pete Postlehwaite como el jefe mafioso local), y ayudan a darle solidez y realismo a los dos lados de la historia: por un lado, la lucha entre atracadores y FBI, y por otro lado la lucha interna de Doug, que gracias a Claire descubre que, quizás, solo quizás, haya otra salida para él, un camino que no implique quedarse en el barrio, y con toda probabilidad acabar muerto o en la cárcel.

La película tiene sus pegas, especialmente un final que sin ser feliz del todo, tampoco es la tragedia griega a la que película apunta durante la primera hora y media. Aún así es una película estupenda, que ha tenido un muy merecido éxito en taquilla, y que parece indicar que Ben Affleck tiene mucha carrera por delante como director.

The American

The American se abre también con una escena de acción, que sirve para dejar claras dos diferencias con The Town: que si la una es elegante, la otra es minimalista; y que el asesino que interpreta George Clooney es un hijo de puta con todas las letras. Conflictuado, quizás, con su propia hijoputez, pero alguien que no duda en cargarse a quien haga falta para salvar el pellejo.

Basada también en una novela (esta vez de Martin Booth), escrita por Rowan Joffe (28 Weeks Later) y dirigida por Anton Corbijn (su segunda película tras el biopic de Ian Curtis y la Joy Division, Control), The American es eso que la gente describe como “una película de las que ya no se hacen” (que también se dijo, por ejemplo, de El hombre que pudo reinar,  y que curiosamente siempre se dice justo después de estrenarse la película en cuestión). En este caso es un thriller que parece recién sacado de los 70 (y casi más del cine europeo que del americano), con poca acción, menos diálogo, mucha tensión apenas sugerida, y una peculiar forma de rodarlo todo, desde la violencia al sexo.

George Clooney es un asesino profesional que tiene que escapar de Suecia (donde básicamente quieren matarle) y acaba en Italia, donde se dedica a charlar con un cura, adaptar una pistola para una cliente, intimar con una prostituta (la guapísima Violante Placido, hija de Simonetta Stefanelli, Apollonia Corleone) y ser paranoico (con motivo; uno no llega a asesino profesional cincuentón si no es siendo paranoico). Y poco más, francamente.

Cuidadísima en lo visual, de ritmo pausado, austera y sobria a más no poder, hay quién lo ha criticado (y mucho) por ser una película aburrida en la que no pasa nada. A mí me parece, en cambio, una película estupenda, que no es para nada aburrida, y en la que importan tanto las cosas que pasan como las que no pasan.

Cine (batiburrillo)

October 5, 2010

De nuevo se me acumula el trabajo:

Io sonno l’ammore: Tilda Swinton (que cada vez se parece más a David Bowie) es una rusa casada con un industrial italiano, de muy buena familia, todo muy lujoso. Su perfecta pero aséptica vida se revoluciona cuando se enamora de un amigo de su hijo. Mientras, el susodicho hijo se pelea con su padre por el control de la empresa familiar, y la hija descubre que es lesbiana. Con unos actores estupendos (incluyendo a una Swinton que aprendió a hablar ruso e italiano con acento ruso) y algunas escenas fantásticas (las escenas de sexo en el campo, o las que tienen que ver con comida), el final está ligeramente pasado de rosca.

The kids are alright: Las siempre fantásticas Julianne Moore y Annette Bening son lesbianas y madres de un niño y una niña, uno cada una, ambos por inseminación artificial del mismo donante. Cuando la hija cumple dieciocho años su hermano le insiste para que inicie los trámites para contactar con el donante. La idea es obviamente terrible, pero los niños la llevan a cabo, desencadenando una situación que va de lo idílico a lo catastrófico. Muy divertida, estupendos todos los actores, con partes más serias pero sin pasarse, una película estupenda.

The extra man: Paul Dano es un joven aspirante a escritor, que se muda a Nueva York, a casa de Kevin Kline, un escritor fracasado que malvive en un apartamento cochambroso y que se dedica a hacer de acompañate de ancianas millonarias para poder probar, a ratos, la buena vida. Katie Holmes y un John C. Reilly que parece el Flex Mentallo de la Doom Patrol (pre-afeitado) aparecen también. La película se desarrolla en una Nueva York grotesca pero idílica, y toca mil palos, incluyendo una subtrama sobre el fetichismo travestista del personaje de Dano. A ratos graciosa y con encanto, a ratos un poco excesiva falta de trama y estructura. Con Kevin Kline, eso sí.

Get Low: Robert Duvall (fantástico como siempre, con esa cara de saber algo que tú no sabes) es un ermitaño que lleva viviendo más de treinta años sólo, en las montañas. En el pueblo cercano se cuentan todo tipo de rumores sobre él, a cada cuál más truculento. Un día decide que quiere celebrar su funeral, pero en vida: una gran fiesta, a la que estará invitado todo aquel que pueda contar una historia sobre él. Para redondear las cosas, el dueño de la funeraria encargada de montarlo es Bill Murray, que por problemas económicos está dispuesto a hacer lo que sea. El planteamiento es interesantísimo, pero se estropea cuando descubrimos que Duvall ha montado todo el chiringuito para poder contar un secreto que no se había mencionado durante la primera mitad de la película, y que al espectador se la trae bastante al pairo. El final acaba dominado por un McGuffin glorificado y elevado a las alturas de gran elemento de la trama. Aún así tiene sus momentos.

Despicable Me: Después de que Pixar demostrara que con tiempo, esfuerzo y un buen guion las películas tienden a salir bien (a quién se le habría ocurrido), la animación está dando obras estupendas una detrás de otra. No sólo ha sido el año en que DreamWorks ha conseguido su mejor película con How to train your dragon, sino que ahora Universal saca también una película de lo más sólida. Steve Carell es Gru, supervillano de profesión, aunque con relativo éxito profesional. Para llevar a cabo su nuevo plan (robar la luna) le hace falta la ayuda de tres huerfanitas, a las que adopta. Obviamente, acabarán por cogerse cariño mutuo. Algo más infantil que las otras películas mencionadas, aún así es disfrutable por un adulto.

Soul Kitchen: La vida de Zinos (Adam Bousdoukos) se está desmoronando a la voz de ya, con una novia que se va a China de reportera, un restaurante cutre que sólo da desgracias, una hernia discal incipiente y un hermano liante que acaba de salir de la cárcel. Pero cuando un restaurante de lujo despide a su chef estrella, genial pero temperamental, Zinos le ofrece un puesto en su cocina. Entonces todo se arregla, luego todo se estropea, para arreglarse de nuevo, en un final feliz un poco forzado, pero en el estilo de la película. Muy graciosa.

I’m still here

September 30, 2010

Coppola presentó Apocalipsis Now diciendo aquello de no es una película sobre Vietnam, es Vietnam. Imagino que Casey Affleck y Joaquin Phoenix han intentado hacer algo parecido: I’m still here no pretende ser una película sobre una caída a los infiernos, sino una caída a los infiernos.

A estas alturas todo el mundo sabe de qué va la cosa, gracias a la amplica cobertura en prensa (incluidos los nada ecuánimes artículos de Toni García en El País, que de tantas alabanzas empezaban a dar reparo): la película es un supuesto documental grabado durante un año, empezando con el momento en que Phoenix deja la actuación para dedicarse a cantar hip-hop, y culminando con su más completo fracaso en su nueva aventura musical.

La gracia del documental era sufrir (o disfrutar, según cada uno) de la incomodidad que produce ver a Phoenix hacer todo tipo de salvajadas, hacer el ridículo, perder amigos, hundir su carrera, joderse la vida, en definitiva. La jugada se ha revelado ya como una farsa, lo que no es ninguna sorpresa vista la fotografía y el montaje de la película, de una calidad muy improbable para, como se suponía, haberse rodado todo con una cámara, en plan colegueo. Así de que de joderse la vida, nada, Phoenix lo que ha hecho es tomarse unas vacaciones tirando a raras, mientras grababa de vez en cuando con su cuñado.

¿Pierde mucho la película tras saberse que no es un documental de verdad?

Pues un poco, francamente.

El experimento tiene su gracia, pero no la suficiente. Ya hay películas que se basan en crear incomodidad, y con argumento más entretenido. Como falso documental que usa a un personaje para sacar lo peor de la gente, Sacha Baron Cohen hace un mucho mejor trabajo. Y como muestrario de golpes, escatología y similares, en Jackass las hostias son reales.

Quizás el problema es que pensaron que iban a sacar una sesuda reflexión sobre cómo el comportamiento de la gente cambia con la fama, y como la gente reacciona con un famoso que ha perdido la cabeza, y cosas así como de sociología fina. Pero resulta que al final, oh sorpresa, la gente le trata como a un tipo que ha perdido la cabeza.

En resumen: sí, Phoenix hace muy de bien de pirado tocando fondo. Espero que haya disfrutado de su año sabático. Ahora, a ver si se pone a hacer cine.

Inception

August 6, 2010

Origen le han puesto en España. Pierde un poco de rotundidad, pero en peores plazas hemos toreado.

Ya está aquí la última de de Christopher Nolan, al que tras The Dark Knight le hubieran financiado un documental sobre la poda del manzano si se hubiera empeñado. La película está dando mucho que hablar: que si es una obra maestra, que si no, que si no se entiende, que si es complicadísima, que si el final es ambiguo, que si es el mejor invento desde la leche en polvo…

La película del momento, vaya (por mucho que Toy Story 3 le dé sopas con honda).

Por partes.

¿De qué va?

La película se desarrolla en un mundo en el que la gente ha aprendido a acceder a los sueños de otras personas. El sistema es elaborado, y se usa sobre todo para espionaje industrial. Dom Cobb (Leonardo DiCaprio) es el mejor de los que se dedican a esto. La película empieza con un trabajo en el que las cosas no salen como se esperaba, y Cobb y su colaborador habitual, Arthur (Joseph Gordon-Levitt, en el paper que le puede convertir en estrella del todo) se salvan por los pelos.

Y en esto aparece Saito (Ken Watanabe), que le ofrece un trabajo en el que su misión sería no robar una idea, sino implantarla, de manera que el sujeto (interpretado por Cillian Murphy) crea que es suya. Ese proceso es lo que se llama inception. Arthur dice que no es posible, pero Webb dice que sí, pero que van a hacer falta sueños dentro de sueños, y que para eso necesita un equipo formado por los mejores profesionales, cada uno con un rol muy específico en la misión.

La primera mitad de la película (que es larga) se va en buscar al equipo y explicarle al espectador las reglas del juego. Para eso nos servimos de Ariadne (toma referencia sutil), interpretada por Ellen Page, que es nueva en el negocio, y por tanto hay que explicárselo todo (donde todo es todo; el exceso de exposición es una de las cosas más criticadas, y con razón). Su trabajo es ser el arquitecto del sueño, la que crea el mundo; su entrenamiento da lugar a las escenas más memorables desde lo visual, que son, tristemente, todas las que aparecen en el trailer. Sí, la ciudad doblándose es con diferencia la filigrana más conseguida.

En esta parte también nos enteramos de que Mal (Marion Cotillard), la mujer de Cobb, vive en sus sueños y se dedica a putearle las misiones. Esto se explica con alguna de las metáforas visuales más burdas de los últimos tiempos (¡un montacargas para bajar al subsconciente!), y aunque la historia tenía posibilidades, y Mal podría haber sido un antagonista fantástico, toda esa parte no dejaba de chirriarme.

La misión ocupa la segunda mitad de la película. Empieza a ritmo frenético y de ahí para arriba, hasta el punto de que uno preferiría que la cosa se calmara un poco (una hora de clímax es mucho clímax). Aquí Nolan consigue hacer fácil lo difícil (la manera de implantar la idea sin que se nota es simple y elegante), pero luego lo complica todo con varios niveles de sueños con acción simultánea, peleas confusas, y la irrupción de la trama Cobb/Mal sin que encaje muy bien con el resto de la película.

Del ya famoso final ambiguo no quiero decir mucho: se ve venir, es efectista, y va a hacer que mucha gente considere que la película es de pensar mucho.

¿Se entiende?

Sí, salvo que uno sólo haya visto películas en las que sale Steven Seagal. Nolan explica las reglas con la sutileza de un rinoceronte en celo, y te las va recordando según hacen falta. En todo momento sabes qué están haciendo los personajes y por qué, independientemente de que tenga sentido o no.

¿Es tramposa?

Un poco. Aún aceptando algunas reglas estúpidas como necesidades dramáticas, al final se las empiezan a saltar un poco a la torera. No son contradicciones flagrantes, y si uno quiere puede medio justificar la mayoría (“bueno, es que las reglas en el sueño A puede que sean distintas al sueño B, que no es igual que C”), pero tras haber pasado tanto tiempo estableciendo unas reglas más rigidas que la norma ISO, todo lo que no sea cumplirlas a rajatabla me parece tramposo.

¿Es visualmente espectacular?

Sí, pero cada vez menos según avanza la película. El entrenamiento de Ariadne es una gozada, por ejemplo. Según avanza la película parece que Nolan se olvida de que todo ocurre en sueños, porque la imaginería alocada del principio (¡ciudades plegándose! ¡falta de gravedad! ¡laberintos imposibles a la Escher!) deja paso a acción de la de toda la vida, gente pegándose con metralletas y demás. Al hombre siempre se le ha dado bien la acción, y al final intenta recuperar la magia, pero queda la impresión de que la película está un poco desperdiciada en este aspecto.

La sobre exposición también es de lamentar en este sentido. ¿No había mejores formas de llegar al subsconciente que un ascensor? ¿No había mejor forma de explicar las cosas que soltando parrafadas? ¿Algún truco visual para ilustrar las reglas? ¿Show don’t tell, que dicen los yankis? Grant Morrison lleva casi treinta años haciendo cosas de ese palo con mucho más arte y salero.

¿Que tál están los actores?

Muy bien, pero limitados por los personajes. DiCaprio tiene un personaje razonablemente jugoso (el único que tiene objetivos, pasado, problemas personales, personalidad y demás detalles), pero el resto son planos hastas rozar la caricatura. Eso que recomiendan los libros para guionistas de que todos los personajes tienen que tener deseos que entren en conflicto con los de otros personajes, para crear drama… Más bien no. Ni un vaso de agua, que decía Kurt Vonnegut.

Hay quien argumenta que son facetas de Cobb, partes de su subsconciente, arquetipos eternos, cosas así. No digo yo que no sea el caso, pero la queja es la misma: qué facetas/partes del subsconciente/arquetipos más planos. Así, por ejemplo, Gordon-Levitt no puede hacer mucho más que pelearse con los malos mientras pone cara de palo. El resto poco más o menos lo mismo.

¿Alguna otra pega?

Principalmente la misma que en The Dark Knight: me resulta fría, no conecto con los personajes, me dan todos un poco igual (y hacer que me dé igual Batman tiene su mérito, todo hay que decirlo). El motivo es  que Nolan se toma las películas como ejercicios intelectuales, respuestas a un desafío autoimpuesto, algo del tipo de “¿soy capaz de hacer una película que sea así o asá?”. Un poco como cuando a Borges se le ocurría alguna locura como argumento de un libro, pero mientras que uno se limitaba a describir la idea en un cuento de diez páginas, el otro te saca una película de 148 minutos en la que todo gira en torno a la idea, y con poco más aliño. Pasó lo mismo con Memento, y con The Prestige. También con los dos Batman, aunque se nota menos.

No pasa nada por querer tocar temas elevados, o montar una película (o libro, o lo que sea) en torno a una estructura innovadora: Alan Moore ha hecho carrera a base de eso, y no seré yo el que se la critique. Pero si la película tiene poco más a lo que agarrarse que esa idea, su triunfo o fracaso depende de ella a unos niveles insanos. Por eso Memento sigue siendo mi película favorita de Nolan (aunque miedo me da verla de nuevo), porque el reto es difícil, y está bien resuelto. Aunque a uno le de un poco igual lo que pueda pasarle al personaje de Guy Pearce, el puzle te mantiene interesado.

Se echa en falta también algo de sentido del humor. No hay más que tres o cuatro momentos en los que reírse, y el resto es muy serio, muy oscuro, como intentando que parezca una película dramática (ya se sabe, de las buenas), y no una cosa con patadas y efectos especiales. Uno esperaba que Iron Man hubiera recordado a la humanidad de que era posible hacer una buena película de acción con sentido del humor (como los Indiana Jones, las Junglas de Cristal, las Guerras Galácticas, el segundo Terminator… ¿no debería estar claro a estas alturas?), pero esto tampoco ha sido nunca el fuerte de Nolan.

¿Merece la pena?

Claro, aunque sólo sea para poder criticarla. Por mucho que cojee de vez en cuando, la película es espectacular, está bien rodada, está llena de buenas ideas (me gustó mucho lo de los tótems, por mucho que no le vea el  sentido a lo de que la peonza no deje de girar en los sueños) y tiene grandes momentos. Simplemente no es la maravilla metafísica de pensar mucho que nos están vendiendo, ni la mejor película del año, que para eso está ya Pixar.